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Las virtudes del matoneo

Julián López de Mesa Samudio

05 de junio de 2013 - 06:03 p. m.

Hubo un tiempo, no ha mucho, en el que en Bogotá había pantanos, se asistía a charlas y en los colegios había matones. Hoy, en tiempos más iluminados en los que la forma tranquiliza aunque el fondo aterre, tenemos “humedales”, “conversatorios” y “bullies”.

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El bullying de repente se volvió importante con el cambio lingüístico del nuevo milenio que consagra lo políticamente correcto en una visión lastimera y sobreprotectora de la infancia. Pero el matoneo, o bullying, o como se le quiera llamar, es necesario en los colegios.

Todos aquellos que crecimos durante los ochenta y noventa fuimos matoneados y a su vez matoneábamos. Era una regla consuetudinaria del colegio. Recuerdo a un niño que aterrorizó durante un tiempo a todos los cursos, desde transición hasta cuarto de primaria. Le decíamos Pega-pega; jamás amenazaba, ni insultaba, ni ofendía —había otros cuya especialidad era esta—. Lo suyo era repartir golpes generosamente y a consciencia. Lo hizo conmigo y con muchos otros por un par de años, hasta que un buen día se metió con un niño de quinto y éste le pegó más duro: la mano invisible de la justicia escolar. Tal fue el fin de Pega-pega. Hace un par de años lo volví a encontrar. El monstruo del colegio, el terror, ahora es profesor de literatura en una prestigiosa universidad y es la persona más dulce y amable que quepa imaginarse. Estoy seguro de que su época de matón le sirvió tanto a él como a mí.

El matoneo, la burla, el chascarrillo son inevitables durante la niñez. El matoneo ayuda a templar el carácter y crea las condiciones para que aquellos que quieren dejar de ser matoneados busquen soluciones. El conflicto, producto del matoneo, es necesario en la infancia pues prepara a los jóvenes para enfrentar situaciones problemáticas por sí mismos, fomentando la independencia y la toma eficaz de decisiones. En otras palabras, un proceso sano de matoneo prepara a los niños para el mundo de la adultez: un mundo de matones en el cual no hay profesores, ni padres, ni autoridades preocupadas por el bienestar psicológico de esos niños. Nos preocupamos por el tal bullying en los colegios, pero no por las diferentes formas de matoneo y de proceder mafioso que dicta buena parte de las dinámicas del mundo de los adultos.

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Las medidas anti-bullying no protegen a los niños. Al contrario, hipotecando su presente, so pretexto de un ideal vago de “convivencia”, los transforma en criaturas en exceso delicadas, frágiles, dependientes, casi enfermizas e incapaces de afrontar problemas. La incapacidad de cuestionarse a sí mismos y a su entorno, esa desesperante docilidad casi ovejuna con la que aceptan todo, matizada por una extrema sensibilidad que sospecha de toda intención ajena, se debe a la sobreprotección que desafortunadamente les ha tocado padecer desde que iniciaron sus procesos escolares.

En vez de sobredimensionar y exagerar los conflictos entre niños, los colegios deberían quizás preparar a sus pequeños para poder soportar el matoneo que recibirán durante el resto de su vida, cuando salgan del colegio, por parte de los estamentos más sacrosantos de la sociedad: el Estado, los bancos, expresidentes y demás políticos, escoltas, funcionarios públicos, empresas prestadoras de servicios, multinacionales, aseguradoras y demás.

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