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En semanas pasadas el presidente de Estados Unidos ha ido clarificando a qué período hace alusión su eslogan (“Make America Great Again”). Trump ha señalado que el momento de grandeza estadounidense que lo inspira y al que quiere retornar no es otro que al llamado Gilded Age (“la era dorada”), período enmarcado entre 1870 y 1890 en el que Estados Unidos alcanzó un crecimiento industrial y económico sin precedentes.
En dicha era se consolidaron grandes capitales alrededor de apellidos que aún resuenan en oídos contemporáneos: Vanderbilt, Carnegie, Rockefeller… los arquetipos del empresario capitalista. Empero, pocos personajes encarnan el espíritu implacable de la acumulación de riqueza, la corrupción y la falta de escrúpulos como estos y otros más de aquella época, y por ello la historia estadounidense los recuerda como los “barones ladrones”. Se les relaciona, hasta el día de hoy, con el abuso de poder, las prácticas monopolísticas, el tráfico de influencias, la precariedad laboral, la violación a los derechos humanos, la destrucción medioambiental y tantos otros males que aquejan a las sociedades contemporáneas. Estos titanes industriales de la era dorada estadounidense no sólo moldearon la economía, sino que también se beneficiaron de prácticas depredadoras que acentuaron la desigualdad y la explotación laboral.
El origen de la expresión “barones ladrones” es medieval y proviene del término germano Raubritter, que designaba a los nobles alemanes que hacían peajes ilegales en los caminos de sus dominios para extorsionar y atracar a las gentes que tuviesen el infortunio de tener que transitar por allí, aunque la acepción actual fue popularizada en la prensa de finales del siglo XIX. Sin embargo, los barones ladrones de finales del siglo XIX superaron en alcances, refinamiento y descaro a sus predecesores medievales.
John D. Rockefeller, por ejemplo, estableció un monopolio absoluto sobre el petróleo mediante estrategias inescrupulosas. Eliminaba la competencia comprando o arruinando rivales con precios predatorios y acuerdos clandestinos con los ferrocarriles. Su imperio era tan vasto que el gobierno tuvo que intervenir disolviendo su empresa en 1911 bajo la Ley Sherman Antimonopolio.
Otro de estos barones fue el no menos célebre Andrew Carnegie, magnate del acero, quien empleó la integración vertical para dominar toda la cadena de producción. Sin embargo, su mayor infamia recae en sus despiadadas tácticas laborales. La huelga de Homestead de 1892 expuso las brutales condiciones a las que sometía a sus empleados, resultando en un enfrentamiento sangriento entre trabajadores y guardias contratados. Ni su afamada filantropía pudo ocultar que su riqueza se construyó sobre la miseria de muchos.
No se puede dejar de mencionar a Cornelius Vanderbilt, pionero del transporte, y quien utilizó tácticas agresivas para aplastar a sus oponentes en la industria ferroviaria y naviera. Manipuló tarifas, adquirió compañías rivales y monopolizó rutas claves, dejando a ciudades enteras sin alternativas de transporte accesible. Su desdén por la regulación y la competencia justa ejemplificó el descontrol del mercado en esa época.
Los barones ladrones no sólo acumularon riquezas inimaginables, sino que su despiadado afán de lucro provocó una crisis moral y política que llevó al gobierno a intervenir. La Ley Sherman de 1890 y futuras regulaciones buscaron equilibrar el poder y evitar que unos pocos dominaran el mercado en detrimento de la mayoría. Su legado es el recordatorio de lo que ocurre cuando la ambición no tiene freno: riqueza para unos pocos, explotación para muchos y, finalmente, la necesidad de leyes que restauren la justicia económica y social.
Las palabras y directrices del presidente estadounidense permiten anticipar el ascenso de nuevos barones ladrones. Desde su posesión, influyentes hombres de negocios —quienes desde tiempo atrás han sido cuestionados por prácticas reminiscentes de las de sus célebres antecesores decimonónicos— han tenido un lugar preeminente al lado del mandatario y éste ha sido claro al afirmar que va a gobernar con ellos. Todo parece indicar que, si hay retorno a la era dorada, éste sólo será posible de la mano de los nuevos barones ladrones.
