El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Los otros Pueblos del Mar

Julián López de Mesa Samudio

13 de agosto de 2026 - 12:05 a. m.

Los Pueblos del Mar fueron un conjunto cambiante y misterioso de pueblos móviles, activos aproximadamente entre 1250 y 1100 a. C. No constituyeron una nación ni una confederación étnica estable. Algunos ya servían como mercenarios antes de las invasiones más conocidas; otros fueron reemplazando a antiguas naciones a medida que se debilitaban los Estados del Mediterráneo oriental; algunos participaron en migraciones organizadas que incluían familias, y otros se establecieron permanentemente en Chipre, Egipto y el Levante.

PUBLICIDAD

La expresión fue inventada por los historiadores modernos para reunir bajo una misma categoría a grupos diferentes que las fuentes egipcias llamaron Peleset, Tjekker, Sherden, Shekelesh, Denyen, Weshesh y Lukka, principalmente. Algunos pudieron provenir del Egeo; otros, de Anatolia, Cerdeña, Chipre o del Mediterráneo central.

Los relieves de Medinet Habu muestran a Ramsés III derrotando a aquellos extranjeros hacia 1177 a. C. En aquellos muros colosales, los barcos enemigos se amontonan, sus guerreros caen atravesados por flechas y el faraón restaura el orden frente al caos. Es una escena formidable. Pero también es propaganda.

Egipto necesitaba presentar la crisis como una invasión exterior y la victoria como la obra de un soberano providencial. Resultaba más sencillo culpar a unos pueblos extranjeros que admitir el debilitamiento del sistema del que dependían los grandes reinos de la Edad de Bronce.

¿Cómo sabemos esto? Entre los vencidos aparecen carros cargados con mujeres, niños y objetos domésticos. No vemos solamente soldados que marchan hacia una batalla. Vemos familias que transportan su mundo. Ahí comienza la parte incómoda.

Aunque la relación entre las migraciones de los Pueblos del Mar y el cambio climático debe plantearse con cautela, diversos estudios paleoclimáticos señalan que el Mediterráneo oriental sufrió periodos prolongados de sequía hacia el final de la Edad del Bronce. La reducción de las lluvias pudo provocar malas cosechas, escasez de alimentos y tensiones sociales en economías que dependían de la agricultura y de complejas redes palaciales de almacenamiento y distribución. Al combinarse con guerras, terremotos, rebeliones internas, interrupciones comerciales y pérdida de autoridad estatal, esa presión ambiental habría empujado a campesinos, artesanos, soldados y comunidades enteras a abandonar sus territorios. Los Pueblos del Mar no fueron, por tanto, simples “refugiados climáticos”, una categoría contemporánea que resultaría anacrónica, sino una expresión de cómo el deterioro ambiental puede agravar vulnerabilidades políticas y económicas hasta convertir una crisis local en un movimiento migratorio de gran escala.

Algo semejante ocurre con las migraciones contemporáneas. Quien abandona su país por hambre quizá también huye de la violencia. Quien sale por persecución política necesita encontrar trabajo. Quien primero emigra voluntariamente puede convertirse después en refugiado. Y quien es recibido como trabajador útil puede ser tratado como una amenaza cuando cambia el clima político.

Hoy existen aproximadamente 117,8 millones de personas desplazadas forzosamente en el mundo. Una de cada setenta. De ellas, cerca de 68,7 millones ni siquiera han cruzado una frontera: continúan desplazadas dentro de sus propios países. A pesar de la retórica que presenta la migración como una invasión de las sociedades más ricas, el 68 % de los refugiados y de otras personas que requieren protección internacional vive en países de ingresos bajos o medios.

Sin embargo, el lenguaje político vuelve a convertir seres humanos en una masa amenazante. Se habla de oleadas, avalanchas, desembarcos e invasiones. El migrante deja de tener rostro, familia e historia. Se transforma en una fuerza de la naturaleza contra la cual solo parece posible levantar muros.

No ad for you

Los egipcios hicieron algo parecido. Medinet Habu no muestra las razones del desplazamiento. No nos dice qué cosechas fracasaron, qué centros urbanos fueron destruidos antes ni cuántas familias habían perdido sus medios de subsistencia. Tampoco nos permite saber quién comenzó como comerciante, quién fue mercenario, quién se convirtió en pirata o quién simplemente siguió a los demás porque quedarse era más peligroso que partir. Solo muestra al extranjero cuando llega a la frontera.

Nuestras imágenes contemporáneas hacen lo mismo. Vemos embarcaciones abarrotadas en el Mediterráneo, caravanas en Centroamérica o multitudes frente a una alambrada. La cámara registra el último tramo del viaje, pero rara vez explica el largo proceso que lo hizo inevitable.

No ad for you

Los Pueblos del Mar no destruyeron por sí solos una civilización saludable. Fueron producto de la misma crisis que ayudaron a profundizar. Sus descendientes se convirtieron en soldados egipcios, trabajadores, colonos y habitantes de nuevas ciudades. Los filisteos, el grupo mejor documentado, mezclaron sus costumbres egeas con las tradiciones cananeas hasta crear una sociedad diferente de ambas. No desaparecieron. Se integraron.

Tal vez esa sea la enseñanza que más nos cuesta aceptar. Las migraciones pueden producir tensiones, conflictos y transformaciones profundas, pero no son una anomalía de la historia humana. Son una de sus fuerzas constantes.

No ad for you

Hace más de tres mil años, unas familias cargaron sus pertenencias en carros y avanzaron hacia un horizonte incierto. Cambian los imperios. Cambian las fronteras. La necesidad de encontrar un lugar permanece.

@Los_Atalayas

Conoce más
Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.