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Nova et Vetera


Julián López de Mesa Samudio

09 de mayo de 2024 - 04:05 a. m.

Trescientos setenta años de existencia no son gratuitos. No son muchas las instituciones que logran mantenerse durante tanto tiempo en un país como el nuestro. El solo hacerlo es ya un éxito; el hacerlo con fama y gloria es realmente excepcional. ¿Pero cómo lo ha logrado la Universidad del Rosario sin el músculo eclesiástico o estatal detrás? ¿Cómo ha podido sostenerse a pesar de que muchas de las páginas de ese grueso volumen de historia están colmadas de desencantos, escándalos, crisis, encrucijadas y revoluciones que en su momento signaron el destino de la institución y muchas veces incluso del país?

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La respuesta, en mi concepto, es sencilla: la Universidad del Rosario no es un lugar, no son unos edificios, ni una torpe estrategia publicitaria para vender educación como si fuera un producto de supermercado. La Universidad del Rosario es una comunidad. Y es precisamente esta comunidad la guardiana e intérprete de la esencia de la identidad rosarista resumida en nuestro eslogan: Nova Et Vetera (siempre nueva, siempre vieja). Se refiere al balance que siempre ha de haber entre la tradición y la innovación, pero más que eso, es la capacidad de reconocer cuándo cambiar y reformarse. Tal y como está ocurriendo ahora. Esto último sólo se logra a través de disensos y consensos que se producen orgánicamente cuando las diferentes instancias se reconocen como parte de ese todo, entendiendo que el bienestar de toda la comunidad redunda ulteriormente en la ganancia individual. Pero esto es imposible sin el elemento básico del rosarismo que son las personas. De esta comunidad hacemos parte profesores, administrativos, egresados y, por supuesto, el eje de este engranaje, por voluntad expresa del fundador, los estudiantes (estudiantes, no clientes).

Es quizás en este último punto donde se puede hallar la raíz de la presente crisis: hasta hace unas cuantas semanas, uno de los piñones de esta comunidad, los directivos (Rectoría, Consiliatura y Colegiatura), habían decidido aislarse completamente de la comunidad. (Hay que decir, eso sí, que desde la salida de Alejandro Cheyne, se nota un cambio de actitud, que celebramos, por parte del rector encargado).

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Pero ahora que la crisis empieza a conjurarse, hay que ser justos también con el señor Cheyne: con él se ahondó una crisis de identidad, de malas decisiones financieras, y de mal manejo de las comunicaciones y las formas por ignorancia y desprecio de las particularidades que tiene la academia y la universidad, pero estos son problemas que venían lastrándose desde hace casi 20 años, desde la funesta rectoría de Hans Peter Knudsen, quien fue el primero que decidió pasar por encima de la comunidad e imponer sus criterios empresariales a toda costa. Por eso es muy diciente que el pomposo grupo de exrectores que pidieron la renuncia de Cheyne hace semanas, hoy brille por su ausencia al enfrentar el proceso de reforma que se viene. Es mejor que sea así. El que tiene rabo de paja…

Para mí es un honor ser rosarista y ser parte de esta comunidad. En estas últimas semanas ha sido muy emocionante ver cómo nuestra comunidad en pleno, aquellos “por nacimiento”, como yo, y quienes lo son “por adopción” (que no son pocos), han tomado cartas en el asunto, más allá del despliegue mediático que fue pasando una vez que el señor Cheyne indignamente se hizo echar. Desde entonces la verdadera y ardua tarea ha comenzado: estudiantes, profesores, administrativos y egresados no han parado de organizarse, estudiar y construir propuestas, entre todos, para hacer una universidad mejor y más acorde con los tiempos; no para los que ya estamos, sino sobre todo para quienes vendrán más adelante.

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Confieso que a finales del año pasado estuve a punto de renunciar a ser profesor por el creciente desasosiego que me producía no tener, de un tiempo para acá, respuesta a la pregunta: “¿Para qué?”. Desde esta, la última de las 5 o 6 revoluciones rosaristas que he vivido en la institución los últimos 25 años, he vuelto a tener esperanza. Mi comunidad la renovó.

Nova et Vetera.

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