Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Para nadie es un secreto que la universidad atraviesa hoy una profunda crisis estructural que no sólo pone en entredicho el modelo vigente, sino que amenaza la estabilidad misma de la columna que la sostiene. En Colombia las grietas en sus cimientos llevan tiempo ensanchándose y ya no pueden ocultarse. Aunque los robustos y bien financiados departamentos de mercadeo se esfuerzan por maquillar la fachada del vetusto edificio, la estructura interna acusa un deterioro cada vez más evidente: las universidades languidecen en su búsqueda frenética de estudiantes.
Buena parte de esta crisis, en concepto de quien escribe, tiene su origen en la creciente instrumentalización de la universidad por intereses económicos y políticos. Bajo esta lógica, el saber, la investigación, el estudio y el conocimiento han sido progresivamente degradados, al quedar subordinados tanto a la búsqueda de beneficios económicos coyunturales como a la legitimación de ideologías y posturas de gobernantes y grupos de poder. En lugar de preservar su vocación intelectual y su autonomía crítica, la universidad ha ido cediendo terreno hasta volverse, en no pocos casos, un aparato funcional y legitimador de dinámicas externas que terminan por vaciarla de su sentido más profundo, cuando no en productor de mano de obra cualificada o mero impresor de títulos.
La universidad, lejos de ser un invento reciente, es el resultado de un largo proceso histórico. Su surgimiento en la Europa medieval, como muestra Jacques Le Goff, no respondió a un acto fundacional único, sino a la consolidación de corporaciones de maestros y estudiantes —universitates— que buscaban regular la enseñanza y proteger su autonomía frente a poderes locales. Casos como Bolonia, con su “república de estudiantes”, o París, organizada como corporación de maestros y respaldada por la bula Parens scientiarum, evidencian que desde sus orígenes la universidad se configura como un espacio en tensión, obligado a negociar su independencia frente a autoridades civiles, eclesiásticas y políticas.
En su fundamento más profundo, como ya sugería Aristóteles, el conocimiento responde a una inclinación del ser humano: el deseo de saber. La universidad surge como la institución que permite organizar ese impulso. No se trata simplemente de enseñar contenidos, sino de estructurar el saber en disciplinas, transmitirlo entre generaciones y sostener una conversación constante en el tiempo.
En la segunda mitad del siglo XIX, John Henry Newman profundizó esta intuición al vincularla directamente con la razón de ser de la universidad moderna. Para Newman, la universidad es ante todo un lugar de enseñanza del conocimiento universal, lo que implica una ruptura frontal con cualquier intento de reducirla a su utilidad inmediata. El conocimiento posee un valor intrínseco, no porque produzca rentabilidad, sino porque forma la mente, amplía el juicio y permite comprender la realidad en su complejidad. De ahí su insistencia en la unidad del saber: fragmentarlo en función de intereses técnicos, económicos o políticos no sólo lo empobrece, sino que lo desnaturaliza. La universidad, en este sentido, no está llamada a producir especialistas funcionales, sino sujetos con criterio, capaces de pensar más allá de las lógicas estrechas de la instrumentalización.
A esta defensa se suma la perspectiva de Karl Jaspers, quien, tras las crisis del siglo XX, insiste en que la universidad sólo puede existir como comunidad dedicada a la búsqueda de la verdad, lo que exige una condición innegociable: la libertad académica. Sin autonomía frente al poder político o ideológico, la universidad deja de ser universidad y se convierte en un aparato de reproducción de lógicas económicas y políticas
La universidad existe porque las sociedades necesitan un espacio capaz de producir, organizar, transmitir y cuestionar el conocimiento y las dinámicas establecidas, y muchas veces perversas, del poder. Pero es precisamente en el deterioro de esa independencia, de su autonomía —cuando la instrumentalización se impone sobre la vocación intelectual— donde se incuban las crisis que hoy la atraviesan. El abierto propagandismo político de un número creciente de profesores así como la cooptación de cargos directivos en universidades públicas y privadas por parte de intereses políticos son tan sólo la punta del iceberg de un problema estructural que surgió cuando nuestras universidades olvidaron la razón de su existencia.
