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Todos los años, desde hace un tiempo, llevo a mi curso de séptimo semestre a Corabastos como parte de la dinámica de la clase. La semana pasada estuvimos de nuevo allí investigando acerca del centro de distribución de alimentos más grande e importante de Colombia. El marcado deterioro de las instalaciones —hay bodegas enteras que amenazan ruina— y el estado dantesco de insalubridad de la central, dejaron en mi curso una imagen aterradora y apocalíptica: comida, barro, heces y desperdicios en distintos estados de descomposición formando parte de un mismo paisaje, muchas veces indistinguibles entre sí. Desde hace algún tiempo se venía notando esta degradación acelerada, pero lo de este año resulta alarmante: una verdadera bomba de tiempo que amenaza la salud de millones.
Corabastos no alimenta directamente a las personas como lo haría un supermercado; funciona como el gran nodo mayorista que abastece a toda la red de distribución de alimentos: tiendas de barrio, plazas de mercado, restaurantes y supermercados en Bogotá y municipios cercanos. Por allí pasan diariamente entre 8.000 y 11.000 toneladas de alimentos, lo que representa aproximadamente entre el 90 % y el 95 % del abastecimiento de la ciudad. Se estima que Corabastos abastece entre ocho y 10 millones de personas cada día. En términos prácticos es el lugar por donde pasa casi toda la comida que termina en los platos de Bogotá.
La historia de Corabastos no comienza con su inauguración en 1972, sino con una crisis urbana más profunda: la incapacidad de Bogotá, a mediados del siglo XX, para alimentarse de manera organizada. Durante las décadas de 1950 y 1960, bajo gobiernos como el de Gustavo Rojas Pinilla y luego el régimen del Frente Nacional, la capital creció aceleradamente por la migración rural, la violencia y la expansión económica. Sin embargo, su sistema de abastecimiento permanecía fragmentado: plazas tradicionales, múltiples intermediarios y circuitos dispersos que generaban ineficiencia, especulación y pérdidas.
En ese contexto, el Estado colombiano, especialmente durante el gobierno de Carlos Lleras Restrepo, impulsó una política de modernización agrícola y comercial orientada a racionalizar los mercados mayoristas. La idea de una gran central de abastos para Bogotá surgió como solución técnica a un problema estructural: concentrar la oferta, ordenar la distribución y estabilizar los precios. Así, en 1970, bajo la presidencia de Misael Pastrana Borrero, se constituyó la Promotora de la Gran Central de Abastos de Bogotá, y en 1972 se inauguró Corabastos en la localidad de Kennedy.
Desde su origen, Corabastos se diseñó como una institución híbrida, una sociedad de economía mixta en la que confluyen el Estado —a través del gobierno nacional, la Alcaldía de Bogotá y la Gobernación de Cundinamarca— y actores privados, principalmente comerciantes.
Durante la década de 1970 y buena parte de los años 80, bajo gobiernos como los de Julio César Turbay Ayala y Belisario Betancur, Corabastos se consolidó como el principal nodo de abastecimiento del centro del país. Allí comenzaron a formarse los precios de referencia de alimentos básicos que luego se irradiaban hacia tiendas, plazas y ciudades intermedias. En términos concretos, Corabastos define cuánto cuesta comer en Bogotá. Pero Corabastos también organiza y regula el sistema alimentario de la ciudad y su región. Esa capacidad de organización tiene efectos profundos sobre lo que se produce y se consume. En la práctica, la central tiende a concentrar la demanda en pocas variedades estandarizadas, lo que reduce la diversidad agrícola: los productores siembran lo que el mercado absorbe de manera constante y abandonan otras opciones. Así, Corabastos no sólo distribuye alimentos, sino que influye de manera decisiva en qué se cultiva y, en consecuencia, en qué se come
Sin embargo, esa misma centralidad económica trajo tensiones. Desde los años 80 aparecieron fenómenos de informalidad estructural, disputas por el control interno y debilidades regulatorias. Lo que había sido concebido como un proyecto técnico empezó a convertirse en un territorio donde coexistían la economía formal, la popular y prácticas ilegales.
Formalmente, Corabastos es una sociedad de economía mixta administrada por una junta directiva y un gerente general, con participación del Estado y de accionistas privados. Sin embargo, el poder real no está concentrado en un solo actor, sino distribuido y negociado entre comerciantes, autoridades y dinámicas informales. En cuanto a la vigilancia, intervienen entidades como la Superintendencia de Sociedades, la Contraloría General de la República, la Procuraduría General de la Nación y la Alcaldía de Bogotá; sin embargo, la multiplicidad de actores tiende a diluir la responsabilidad efectiva.
En la práctica, esta falta de control ha favorecido la consolidación de estructuras informales y acuerdos de facto sobre precios, distribución y control territorial. El deterioro físico y sanitario visible hoy no es un hecho aislado, sino la manifestación de un proceso más profundo de corrupción institucional.
