La batalla de Karbala, en el año 680 EC., marca la ruptura definitiva entre las dos ramas más representativas del islam: el sunismo y el chiismo. En aquella aciaga ocasión, Husein, nieto del profeta Mahoma, fue asesinado junto con 72 de sus seguidores por las tropas del califa omeya Yazid I.
El chiismo nació de la idea según la cual el califato —institución que surge para preservar la fe islámica tras la muerte de Mahoma— debía ser liderado por hombres de la familia del propio profeta: primero Alí, su yerno; luego Hasan y Huséin, sus nietos, y posteriormente los descendientes de estos. Esta interpretación de la línea sucesoria sucumbió catastróficamente ante el poderío de los ejércitos y los vastos recursos del naciente califato omeya de Damasco, de orientación suní. Tras Karbala, y hasta 1501, el chiismo sobrevivió con dificultad y muchas veces de forma marginal dentro de una abrumadora mayoría suní. Hoy, alrededor del 15 % del mundo musulmán es chií, mientras que cerca del 85 % es suní.
Sin embargo, en 1501, tras la invasión y unificación de Persia y Azerbaiyán por parte de Ismail I su dinastía, la dinastía safávida, declaró el chiismo duodecimano como religión oficial y nacional de Persia. La dinastía había nacido de una orden mística que con el tiempo se fue acercando al chiismo. Adicionalmente, Ismail I proclamó el chiismo duodecimano como religión oficial para diferenciar su Estado de las potencias sunníes de la época como el Imperio otomano y el Imperio mogol en la India, y para fortalecer la legitimidad religiosa de la nueva monarquía.
Una de las mayores diferencias formales entre el sunismo y el chiismo radica en la existencia de un estamento y de unas jerarquías clericales dentro del chiismo, mientras que el sunismo carece por completo de un clero organizado. En el nivel sacerdotal más alto se encuentran los grandes ayatolás, los máximos líderes espirituales del chiismo duodecimano. Sin embargo, su papel dentro de la sociedad desborda lo meramente espiritual: son también reputados jurisconsultos, intérpretes y comentaristas autorizados de los textos sagrados, líderes sociales y censores políticos. En muchos sentidos actúan como faros de la moralidad y del deber ser para los musulmanes chiíes.
Generalmente se considera que existen alrededor de cinco grandes ayatolás ecuménicamente aceptados; casi siempre cuatro residen en la ciudad santa de Qom, en Irán, mientras que otro ejerce en Irak. Hoy el mayor de ellos, Hossein Wahid Khorasani, tiene 105 años, mientras que el menor y más influyente, Ali al-Sistani, tiene 95. En su momento, Ruhollah Jomeiní fue el más importante de los grandes ayatolás, y esa es una de las razones de fondo por las cuales la sociedad iraní abrazó masivamente sus reformas y la Revolución Islámica de 1979.
Un caso muy distinto es el de Alí Jameneí y el de su hijo y sucesor, Mojtabá Jameneí —al menos hasta el momento de redactar estas líneas—. Ninguno de los dos llegó a ser gran ayatolá por derecho propio. Tras la muerte de Ruhollah Jomeiní en 1989, la Asamblea de Expertos de Irán eligió como nuevo Líder Supremo a Alí Jameneí, entonces presidente del país. Sin embargo, su nombramiento generó un problema de legitimidad religiosa y constitucional, ya que la Constitución exigía que el líder fuera un marja (gran ayatolá), la máxima autoridad del clero chií, y Jameneí no tenía ese rango ni un gran prestigio teológico. Para resolver esta contradicción, primero fue designado líder provisional y luego se reformó la Constitución mediante referéndum en 1989 para eliminar ese requisito, lo que permitió su confirmación definitiva. Desde entonces, su legitimidad fue cuestionada y, por ello, se apoyó menos en la autoridad religiosa tradicional y más en el respaldo institucional del régimen y en el control de los principales centros de poder del Estado iraní.
Su hijo posee aún menos legitimidad religiosa, y este nepotismo podría interpretarse como el signo del verdadero final de la Revolución Islámica: el paso de la virtud austera representada por Jomeiní a la corrupción abierta de un régimen que muchos perciben como degenerado y cada vez más desconectado de la religiosidad que afirma defender.