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Atalaya

Sobre Nouruz y la diversidad persa

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Julián López de Mesa Samudio
26 de marzo de 2026 - 05:05 a. m.
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Cada 21 de marzo, mientras en buena parte del mundo el calendario avanza sin mayor ceremonia, más de 300 millones de personas celebran algo mucho más radical: el comienzo real del año. No el administrativo ni el fiscal, sino el natural. Ese momento exacto en el que la Tierra se inclina hacia la luz; el equinoccio de primavera, cuando la vida vuelve a surgir tras largos meses de oscuridad y frío en el hemisferio boreal. Ese instante tiene nombre: Nouruz, el “nuevo día”, el año nuevo iraní.

Persépolis se engalanaba en Nouruz para recibir al emperador del Imperio Aqueménida de Persia quien ocupaba aquella ciudad sagrada sólo durante aquellos pocos días cercanos al equinoccio de primavera. El primer día del año mazdeista, cuando el ciclo de la vida empieza de nuevo, el Rey de Reyes recibía en su elevado trono de oro a los gobernantes y a las delegaciones de todos los pueblos bajo su dominio. Todos los años los soberanos de las naciones renovaban su sometimiento a la Persia aqueménida depositando dos ánforas a los pies del emperador: una con tierra y la otra con agua de las tierras representadas en aquel ritual. Por más de doscientos años, desde el siglo VI antes de nuestra era hasta la destrucción de Persépolis por parte de Alejandro Magno en 331 AC, Nouruz simbolizó el poderío de la nación persa.

La tierra y el agua no eran simples tributos: eran la representación material de la vida misma. Cada pueblo entregaba su territorio y su sustento, pero también su identidad. Y el “rey de reyes” no se proclamaba único, sino centro. No anulaba la diversidad, la reconocía en los pueblos bajo su egida; él era el eje, el organizador.

Ahí reside la originalidad persa. Mientras otros imperios buscaron homogeneizar, Persia construyó algo distinto: una arquitectura del pluralismo. El título “rey de reyes” no era una exageración retórica. Era una definición política precisa. El soberano persa gobernaba sobre otros soberanos, reconociendo su existencia, su legitimidad y, en cierta medida, su autonomía. El imperio no era una masa uniforme, sino una constelación de pueblos con su multitud de idiomas, creencias y costumbres: egipcios, babilonios, judíos, lidios, griegos... Lenguas distintas, dioses distintos, leyes distintas. Y, sin embargo, un orden común.

Hoy lo llamaríamos multiculturalismo. Pero en Persia no era un ideal moral; era una realidad política asumida. No se trataba de celebrar la diferencia, sino de hacerla gobernable. Esta tolerancia no era ingenua. Era, en gran medida, pragmática. Imponer una cultura única en un territorio tan vasto habría sido imposible. Pero precisamente por eso resulta tan relevante. Porque parte de una premisa que aún nos incomoda: la diversidad no es una excepción, es la norma. Y el problema político fundamental no es eliminarla, sino estructurarla sin destruirla.

Nouruz, en ese sentido, era mucho más que un año nuevo. Era la escenificación anual de ese orden. El equinoccio marcaba el equilibrio entre la luz y la oscuridad. El imperio, a su vez, aspiraba a ese mismo equilibrio entre unidad y diversidad. El ritual no era decorativo: era una afirmación de que el cosmos y la política podían reflejarse mutuamente.

La primavera no sólo regeneraba la naturaleza. Renovaba también el pacto imperial.

Hoy hablamos de multiculturalismo como una conquista reciente, casi como una obligación ética de las sociedades contemporáneas. Pero hace más de dos mil años, el Imperio persa ya había hecho realidad una forma de convivir en la diferencia. Era, sin duda, una comprensión sofisticada del poder. En un mundo que oscila entre la fragmentación y la imposición, la antigua Persia mazdeista sugiere una vía distinta: no borrar las diferencias, pero tampoco ignorarlas. Integrarlas en una estructura que las contenga sin anularlas.

El “rey de reyes” no era solo un título. Era una idea: que la unidad no exige uniformidad y que la diversidad, lejos de ser una amenaza, puede ser la base misma del orden.

@Los_Atalayas

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