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Una historia sobre el Año Nuevo

Julián López de Mesa Samudio

29 de diciembre de 2022 - 12:00 a. m.

Es extraño, por decir lo menos, que el 1 de enero se celebre el primer día del año. Y lo es porque, si lo pensamos bien, no parece ser una fecha trascendente ni que tenga mayor relación con eventos cósmicos periódicos, o incluso que marque simbólicamente las transiciones estacionales para las comunidades humanas. ¿Entonces por qué prácticamente todas las sociedades coinciden hoy en marcar oficialmente el 1 de enero como el primer día del año?

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En Irán y en buena parte de Asia Central, cuando retorna la vida con los primeros verdores, apenas perceptibles entre los campos yermos y sin vida, tras cuatro meses de invierno, de frío, de penumbra y de desolación durante los cuales la naturaleza se marchita y parece fenecer; el día en que germinan las primeras semillas y en el que en las ramas mustias aparecen los primeros brotes rebosantes de vida, se celebra el año nuevo (No Ruz, en lengua farsi). Aquel día coincide con el equinoccio de primavera, el primer día de la estación en la que todos los años retorna la vida.

Hasta hace dos mil años nadie en el mundo celebraba el año nuevo el 1 de enero y la gran mayoría del hemisferio boreal conmemoraba cada vuelta al sol el 20 o 21 de marzo. En Europa y en gran parte de Asia el equinoccio primaveral llegaba de la mano de celebraciones, libaciones y sacrificios campesinos cuyo propósito era insuflar en las semillas, posiblemente sembradas aquel mismo día, buenos augurios para su germinación y para que los cultivos fueran prósperos durante el año. En la legendaria Persia aqueménida la celebración de No Ruz era tan trascendental que la fastuosa ciudad de Persépolis solo abría sus puertas durante esta época para recibir las ofrendas anuales de tierra y agua que los reyes de los reinos sometidos depositaban a los pies del Šâhanšâh (el Rey de Reyes).

La fecha del 1 de enero se comenzó a institucionalizar desde la entrada en vigencia del calendario romano (año 153 AEC) y que luego fue recogida y preservada tanto por el calendario juliano (46 EC), como por el gregoriano (1582 EC) que es el que permanece vigente para buena parte del mundo hoy en día.

Para los romanos, enero era el mes consagrado al dios Jano (Ianuarius: enero) y en la mitología romana Jano era un dios de dos caras que simbolizaba los comienzos y los finales, las transiciones. Durante los últimos y tumultuosos siglos de la República antes de su tránsito hacia el Imperio, Roma hubo de institucionalizar su servicio civil para poder tomar decisiones oportunas y eficaces. Es así como el Senado fijó el 1 de enero –primer día del mes del dios de los inicios de ciclo– como el primer día del año. Era por tanto lógico que fuese esta la fecha en la que quienes iban a ocupar cargos civiles asumieran su labor oficial, y también era la fecha anual tradicional para la convocatoria del Senado Romano.

Aunque el advenimiento del cristianismo en Europa hizo que en la Edad Media se adoptase, en ciertos territorios, la fecha de la Anunciación (25 de marzo) como la fecha más lógica para el inicio del año, fue el aparato propagandístico del papa Gregorio XIII y sus sucesores el que le dio el impulso definitivo, a partir del siglo XVI, al 1 de enero como el primer día del año, atándolo a una fecha cristiana importante y que simboliza inicios: la circuncisión de Cristo, siete días después de su nacimiento.

Con esta historia sobre comienzos, desde la Atalaya les deseamos un feliz y próspero 2023.

@Los_Atalayas, atalaya.espectador@gmail.com

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