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El riesgo de normalizar la muerte

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Julio Borges
28 de junio de 2023 - 05:21 a. m.
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Revisando los últimos informes sobre el flujo de personas por el Darién, llego a la interrogante si este fenómeno migratorio tan complejo y devastador no se está convirtiendo en parte del paisaje. Me deja pasmado como ya algunos noticieros o agencias internacionales ofrecen información sobre el tema sin enlutarse, sin despeinarse, sin caer en asombro. A veces no nos percatamos que sin darnos cuenta podemos normalizar la muerte. Hacer costumbre el horror. O simplemente desviar la atención hacia otro foco.

Esta semana se celebró el Día Mundial del Refugiado y me llamó la atención un dato sobre este tema. En el 2022 en el mundo hubo más solicitantes de asilo de Cuba, Nicaragua y Venezuela, que de la propia Ucrania. Resulta inverosímil creer que unos países sin guerra tuvieron más refugiados que una nación que enfrentó la agresión militar más severa de Europa en muchos años. La respuesta no es otra que las crisis democráticas, que a veces pueden abrir heridas peores a la que los conflictos bélicos. En pocas palabras, pueden causar estragos iguales o similares a los de una bomba, porque en definitiva también son guerras, solo que no convencionales. Son guerras contra los derechos humanos, contra la voluntad de las personas de ser libres, contra la humanidad y, por tanto, contra la vida propiamente hablando.

El año pasado, de acuerdo con cifras de ACNUR, se registraron 264.000 solicitudes de asilo provenientes de Venezuela, siendo la nacionalidad con más peticiones de refugio a nivel mundial. En el caso de Cuba, fueron 194.700 solicitudes, ocupando el tercer lugar en el planeta, detrás de Venezuela y Afganistán, superando por poco a Nicaragua que tuvo 165.800 peticiones. Ucrania aparece en el quinto lugar con 152.000 solicitudes. Estos datos nos ponen en manifiesto no solo de la tragedia social y migratoria que están atravesando estos pueblos, sino también del efecto que está teniendo la pérdida de derechos humanos en el espiral migratorio de nuestra región.

Estas cifras también guardan relación con los datos de la frontera entre México y Estados Unidos, donde la nueva política migratoria americana ha frenado el flujo de migrantes hacia su territorio, trasladando parte del problema a México, que es ahora el país donde se están asentando quienes no pueden volver a sus orígenes. En los primeros 5 meses de este año, cerca de 60.000 personas pidieron asilo en México, el año pasado fueron casi 120.000 personas los solicitantes. “La cantidad de solicitudes de personas cubanas y venezolanas en 2022 duplicó la cantidad respecto a 2021, mientras que la cantidad de solicitudes de personas nicaragüenses en 2022 triplicó la cantidad del año anterior”, se lee en un informe de Acnur.

Estamos hablando de una tragedia que se intensifica con el pasar del tiempo, con la masificación del Darién y con la imposibilidad de los países de no poder atender el fenómeno por sus propias complejidades internas.

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Es una necesidad imperiosa que esta problemática sea abordada como lo que es: un drama humano. Quienes huyen de sus países, lo hacen forzadamente a causa de regímenes violentos que desconocen los principios elementales de los derechos humanos. Lo hacen en busca de un futuro no solo para ellos, sino para sus familias. Son refugiados en estricto apego a la definición de esa palabra.

La refugiada somalí Warsan Shire reza en su poema Hogar la siguiente expresión: “Nadie deja su hogar a no ser que su hogar sea la boca de un tiburón. Solo corres hacia la frontera cuando ves toda la ciudad corriendo también”. Este es un testimonio que comunica perfectamente las crisis migratorias de Nicaragua, Venezuela y Cuba. En Venezuela se han marchado 7,3 desde el año 2013, cuando Maduro decidió abolir la democracia y los derechos humanos en el país, ocasionando una crisis humanitaria sin paralelismo en América Latina. Según el Colectivo de Derechos Humanos Nicaragua Nunca Más, el régimen de Ortega ha expulsado a más de 600.000 nicaragüenses desde el año 2018, siendo este el mayor éxodo en la historia de este país.

De tal manera que contemplar estas crisis migratorias como procesos naturales y hasta pasajeros es un groso error. La ola migratoria no se va a romper a menos que estos países vuelvan al cauce democrático. De lo contrario seguirán creciendo y con ello, se agudizará más y más la inestabilidad de la región.

Las democracias de América Latina no pueden contemplar este proceso como parte del paisaje, normalizando sus orígenes y tapando sus consecuencias con paños de agua tibia. Ninguna visa o restricción fronteriza sopesará el peso de un estómago vacío, ni el sentimiento de una madre o un padre de brindarle un mejor futuro a sus hijos. Quienes creemos en la libertad y los derechos humanos, no debemos desfallecer en nuestro interés de tener una región donde nuestros pueblos alcancen los mayores niveles de dignidad y felicidad. Mientras haya un solo pueblo oprimido, ninguna democracia será estable y prospera.

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Libardo(10892)29 de junio de 2023 - 07:28 p. m.
Líderes sociales, reclamantes de tierras, habitantes de calle, estudiantes contestatarios, dirgentes sindicales, campesinos, marchantes asesinados o desaparecidos, etc.que no pudieron siquiera exponerse s los peligros del Darién y que son paisaje estadístico si les va bien.
Edgar(43445)29 de junio de 2023 - 11:03 a. m.
Señor Borges...y los migrantes colombianos...? porque no hablo de ellos?
  • Libardo(10892)29 de junio de 2023 - 07:23 p. m.
    Tiene razón, Edgar. Faltó información acerca de los miles de migrantes colombianos que llegaron s Venezuela espantados por las violencias económica, social y armada de nuestro país. Tampoco menciona la migración subsahariana y la responsabilidad de conquistadores y colonialistas europeos
Hernando(58851)28 de junio de 2023 - 04:03 p. m.
Es la manera como se deben presentar las noticias, objetiva, neutra, que el oyente pueda interpretarla a su manera.
Manuel(9808)28 de junio de 2023 - 10:44 a. m.
El periodismo siempre ha sido una garua consuetudinaria, que mantiene entrapada la conciencia social y, que la va pudriendo hasta la insensibilización, para que los acontecimientos le terminen resbalando, con las fatales consecuencias humanas.
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