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¡Al ADN lo mató su genética!

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Julio César Londoño
30 de enero de 2010 - 02:48 a. m.
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EL PARTIDO ADN FUE UN ENGENDRO que nació entre octubre y noviembre de 2009 para reciclar los desechos más fétidos de nuestra fétida clase política.

Para conformarlo se reunieron, ora en el Congreso, ora en La Picota, Juan Carlos Martínez, Dieb Maloof, Vicente Blel, Habib Merheg y Jorge Castro Pacheco, hermano del ex jefe paramilitar “Tuto Castro”, entre otros primores. Para que nadie dijera que todos eran pillos profesionales, enrolaron un pistolero aficionado, Faustino Asprilla (un sujeto famoso porque tiene prepucio, pucio y pospucio), y un eximio representante del folclor nacional, Moreno de Caro.

Si piensa que sujetos así no tienen vergüenza, se equivoca. Estos señores terminaron avergonzados de su propio partido (Colombia Viva), decidieron remodelarlo y pusieron manos a la obra. Por dinero no se preocuparon: tenían a su disposición todas las caletas de Alí Babá. Parece que contaban con la bendición del Gobierno y con el favor de la opinión pública, al punto que su lema era “uribismo de opinión”. Sólo les preocupaba el nombre y contrataron un publicista que les inventó una sigla extraordinaria. ADN llevaba un mensaje subliminal poderoso, exhalaba modernidad, vida, ciencia, genética; olía como a genoma. Finalmente enlazaron las tres letras con la hélice del ácido desoxirribonucleico, formada con tres cintas leves, gráciles y ondeantes —amarillo, azul y rojo—, un toque minimalista de color sobre los caracteres negros y el fondo blanco. Bello. Visible. Contundente. Una obra de arte, ¡pa qué!

Todo estaba listo para echarles mano a una docena de curules… y de pronto sucedió lo impensable. Un tribunal que sólo había hecho papelones, el Consejo Nacional Electoral, le suspendió la personería jurídica a ADN, acusó a sus dirigentes de falsedad en documento público, dijo que estaban actuando sin transparencia y con inmoralidad, les ordenó liquidar el maligno engendro, desmontar vallas y pendones y meterse la preciosa hélice doble por salva sea la parte. ¡Bravo!

La medida ha producido regocijo en un país que ya se había resignado a ver los pistoleros coronados de laurel en las plazas públicas. Hasta ahora, nadie se explica el milagro. Algunos dicen que en las altas esferas recuperaron el olfato y percibieron de pronto la pestilencia; o que decidieron usar los fusibles, tirarle unas cabezas a la galería. Sea lo que fuere, magnífica la actuación del Consejo. ¡Chapeau!

Me dirán los escépticos que esto no es el fin del fin ni el comienzo de nada —quizá tengan razón— pero reconforta saber que a estos sujetos se les aguó la fiesta. Lo más probable es que lleguen al Senado (tienen méritos sobrados para estar allí), seguramente buscarán cobija bajo la bandera de Convergencia Democrática (alias “El PIN”), pero produce un gran frescor saber que, como partido, como mecanismo perverso y nacional, ADN se jodió. Dios aprieta pero no ahorca, dice mi mujer.

A pesar del escepticismo, quiero pensar que estamos frente a una sentencia muy significativa. Ojalá que este sea el comienzo del fin de la narco-parapolítica, esa manguala de mercenarios, militares, “exportadores”, industriales, ganaderos, caballistas y dirigentes responsable de uno de los genocidios más espeluznantes de la historia de América, de esa insania colectiva que ha producido decenas de miles de homicidios, millones de desplazados y una contrarreforma agraria que expropió a sangre y fuego cuatro millones de hectáreas de nuestras mejores tierras.

Colofón: Tiene razón The Economist, el órgano británico de las Farc: la democracia no necesita líderes fuertes sino instituciones fuertes. Y tenía razón monsieur Paul Valéry: “Un edificio social es más fuerte cuanta menos fuerza requiera para sostenerse”.

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