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Arte y popis

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Julio César Londoño
05 de febrero de 2016 - 08:00 p. m.
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De tarde en tarde, hay protestas y diatribas contra ciertas audacias artísticas. Los que protestan son críticos, escritores y artistas, mujeres y hombres exquisitos a quienes el arte moderno les produce escarlatina y erupciones en la piel.

Son muchas las obras de arte que les dan la razón a los indignados: el tiburón que se pudrió en su acuario de formol, los cráneos de niños enchapados en oro que refulgen en la penumbra de un museo, el cine snuff (torturas, homicidios y violaciones reales), la “basura” que barrió una aseadora acomedida o el señor que se mutiló dos falanges para protestar artísticamente contra un desaguisado político, no son arte o se mueven en esa “línea de sombra” que separa al arte de la escatología.

Vargas Llosa es uno de estos señores que trina porque encontró una urna con caca de elefante en un museo. Cuando lo entrevistan, Fernando Botero repite dos mantras: “Miguel Ángel, Picasso y yo” y “El arte moderno es una farsa”.

No comentaré la primera frase porque es teológica, postula una santísima trinidad cromática, “los monstruos cardinales de la plástica”, y los dogmas no son materia de discusión.

La segunda frase tiene dos palabras ariscas: arte y moderno. El problema de la palabra arte es que no está definida. Ni lo estará. El problema de la palabra moderno es que abarca mucho tiempo, por lo menos 100 años, y demasiadas cosas: la música dodecafónica, la arquitectura orgánica, la escritura automática, pintura abstracta, el conceptualismo, el cubismo, el performance, la instalación.

Negar la trascendencia del conceptualismo es una necedad. Implica desconocer a Doris Salcedo, por ejemplo, y suponer que el contexto es irrelevante, que la obra es absoluta, una entidad esférica y autosuficiente, y que la intención del artista es algo que solo les atañe a su madre y a los biógrafos.

El performance, las instalaciones y el video configuran una espléndida revolución. Las esculturas saltan del pedestal, las pinturas desbordan sus marcos, el escenario se confunde con el mundo y los videos de pequeño formato, miniaturas de luz, nos dicen algo que el cine no sabe decir.

Para Botero, el arte es uno: el figurativo clásico. Pero es muy probable que Rafael o Botticelli no hubieran estimado mucho su voluptuoso humor. Si Botero hubiera pintado en el siglo XVI, lo habrían colgado en una sala llamada “cómic renacentista”.

Es verdad que la mayoría del arte moderno es de dudoso valor. Pero podemos decir lo mismo de la gran mayoría de obras plásticas antiguas, y de las obras literarias, musicales y teatrales modernas y antiguas. Si las obras clásicas nos parecen soberbias todas, es solo porque han tenido un excelente curador: el largo tiempo. Este severo crítico destruyó para siempre los ejercicios fallidos del arte clásico y nos muestra solo sus obras más certeras.

Lo moderno genera resistencia un tiempo... hasta que se vuelve clásico. Al Bosco le dijeron que no lo inspiraban las musas sino el demonio. A Paolo Uccello y a Piero de la Francesca, les criticaron su celo con la perspectiva. “No son pintores, son geómetras”, rezongó la gente. Los impresionistas fueron rechiflados. “¡No trazan una línea, tienen dos manos izquierdas!”, dijeron los críticos y los dibujantes. Los abstractos fueron la tapa: ni línea, ni forma, solo manchas, color. Fue el acabose, “el fin de la pintura”, escribió un marchante nostálgico.

Los enemigos del arte moderno pretenden que los artistas giren por siempre en la noria figurativa, fieles a las técnicas y los temas bendecidos por el canon clásico. Cuántas obras, cuántos experimentos espléndidos nos habríamos perdido si los artistas hubieran aceptado sumisos esta estéril dictadura.

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