El escritor mejor leído en el mundo, o al menos en Occidente, es Borges (hablo con cautela porque Oriente sigue siendo un hemisferio oscuro para nosotros aun hoy, después de siete siglos de los viajes de Marco Polo y los 500 años de la globalización del «Descubrimiento» y los 50 años de la globalización de la web).
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A los que recién llegan a Borges y no saben por dónde entrar a su vasto laberinto (para repetir una palabra fatal) les sugiero que empiecen por El hacedor. Es un libro flaco. Portátil. Suficiente.
Allí está «El poeta declara su nombradía»: «El círculo del cielo mide mi gloria / las bibliotecas del oriente se disputan mis versos / los emires me buscan para llenarme de oro la boca / los ángeles ya saben de memoria mi último zéjel. / Mis instrumentos de trabajo son la humillación y la angustia. / Ojalá yo hubiera nacido muerto».
Para que todo rimara, no firmó con su nombre: puso «De Diván de Albucasim el Hadrami (siglo XII)».
Allí está «El poema de los dones», escrito el mismo año en que quedó ciego y fue nombrado director de la Biblioteca Nacional: «Nadie rebaje a lágrima o reproche / esta declaración de la maestría / de Dios, que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche».
Allí está «Borges y yo», donde resolvió, para sortear la embarazosa tarea de hablar de él mismo, postular la existencia de dos Borges: el famoso escritor que estaba en los periódicos y en los diccionarios, y Jorge Luis, el hombre que envejecía y amaba las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson.
Pero la pieza más extraña y poderosa del volumen es «El hacedor», la imposible biografía de Homero. «Nunca se había demorado en los goces de la memoria. Las impresiones resbalaban sobre él, momentáneas y vívidas; el bermellón de un alfarero, la bóveda cargada de estrellas que también eran dioses, la luna, de la que había caído un león, la lisura del mármol bajo las lentas yemas sensibles, el sabor de la carne del jabalí, que le gustaba desgarrar con dentelladas blancas y bruscas, una palabra fenicia, la sombra negra que una lanza proyecta en la arena amarilla, la cercanía del mar o de las mujeres, el pesado vino cuya aspereza mitigaba la miel, podían abarcar por entero el ámbito de su alma».
Allí están los dos momentos que cambiaron para siempre la vida de un jovencito griego y lo convirtieron en la voz que debía «cantar y dejar resonando cóncavamente en la memoria humana el rumor de las Ilíadas y las Odiseas». El primero fue cuando su padre le entregó un puñal y le dijo: «Que alguien sepa que eres un hombre». Y había una orden en la voz.
El segundo fue cuando conoció el amor entre las sombras cómplices de un cementerio.
Pese a la legión de eruditos que se habían ocupado del tema, nada sabíamos de Homero antes de Borges. Nada notable hemos averiguado después.
¿Por qué sentimos que Inglaterra está más plenamente en Ricardo III que en los centones de su historia? ¿Por qué el espíritu de Roma es mucho más vivo en el Adriano de Margarita que en los volúmenes de Tácito o de Gibbon? ¿Por qué hay más Caribe en Cien años que en la Biografía del Caribe de Germán Arciniegas? ¿Por qué nos dice más de Homero una página especulativa que los rigurosos ensayos de Bowra, Murray y Reyes? Lo ignoramos. Quizá es que las musas existen y les revelan secretos a los poetas. Quizás, aliviados del rigor que abruma a los historiadores, los narradores vuelan más hondo. Quizá es que habíamos despreciado la agudeza de la intuición, el filo de la conjetura.
Lo cierto es que en las pocas páginas de El hacedor están los tres Borges: el que hizo de la crítica una fiesta de la imaginación; del verso, una reflexión musical; del cuento, un ajedrez de fierro y luz.