Decir ciencia y espíritu es como decir agua y aceite o Satán y Jehová porque pensamos que el método científico es más serio que el dogma, y porque la palabra «espíritu» pertenece al orbe metafísico, es fantasmagórica, está emparentada con esa sustancia indefinible, el alma, y su reino no es de este mundo.
El espíritu es arisco al laboratorio, burla las coordenadas racionalistas del científico, se resiste a las demostraciones de la ciencia e incluso a sus conjeturas, dice Juan Diego Lopera en un ensayo que zigzaguea entre estos dos mundos.
Sin embargo, la espiritualidad puede entenderse como la propuso Agustín de Hipona: la vuelta de la mirada sobre sí mismo, un proceso de interiorización. El «espíritu» no sería una entidad suprahumana sino la esencia humana.
Se la encuentra replegándose reflexivamente sobre sí, buscando la verdad en nuestra interioridad: «No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo porque en el hombre interior reside la verdad», dice Agustín en su obra De vera religione. Agustín, la inteligencia más clarividente de la cristiandad, sostuvo que en el fondo de esa interioridad estaba Dios.
Esta concepción de la espiritualidad ya estaba en Sócrates y Platón, dos pensadores convencidos de que no había nada más importante que la filosofía, cuyo dominio se alcanzaba por un ejercicio de cuidado y cura de sí, para evitar los prejuicios que nublan el camino a la verdad y llevar una vida moderada, prudente, basada en la phrónesis, o sabiduría práctica.
En La vida privada y pública de Sócrates, René Kraus expone magistralmente el método socrático, la interrogación al interlocutor para que él mire dentro de sí, en su espíritu. A su amado y altivo Alcibiades, Sócrates lo apremia: ¿Quieres gobernar la ciudad y ni siquiera sabes gobernarte a ti mismo?
En Ejercicios espirituales y filosofía antigua, Pierre Hadot enumera ejercicios espirituales destinados al cultivo y cuidado de nosotros y de los otros. Más que un tratado de filosofía, son prácticas que llevan a la adopción de las virtudes como parte de la formación del carácter. En suma, un modo de ser, un saber vivir, una actitud sapiencial que procura la serenidad, la consciencia cósmica, la libertad interior y el buen criterio para la acción política.
En La hermenéutica del sujeto, Michel Foucault subraya la arista espiritual del psicoanálisis.
Jean Allouch acuñó un neologismo spychanálisis (espirituoanálisis) en su libro ¿Es el psicoanálisis un ejercicio espiritual?. En Colombia, Carlos Arturo Ramírez considera el psicoanálisis como una manera de vivir, de asumir la existencia: una ética (La vida como un juego existencial: ensayitos).
El psicoanálisis fue casi desde sus orígenes una terapéutica destinada menos a resolver los síntomas que a explorar la vida íntima del sujeto, su interioridad, un camino de transformación subjetiva que resalta el valor de la palabra y del diálogo como medio para dirimir los conflictos éticos (en lo personal) o políticos (con el otro).
Se trata de inventar una comunidad logocrática, en la que el poder (kratos) se ejercite mediante el diálogo (logos) como quería Habermas con su propuesta de utilizar la comunicación para dirimir los conflictos de intereses entre las personas, los gremios o las facciones. En una comunidad logocrática hasta el más humilde de sus miembros puede ser el portavoz específico de un saber esencial, de una verdad auténtica.
Desde esta perspectiva, la ciencia y la espiritualidad no son opuestas: el científico que asume éticamente su trabajo desarrolla virtudes propias del pensar y del «espíritu científico»: el amor por la verdad, el rigor en los métodos, el ceñirse a los hechos, la prudencia en las afirmaciones y el rechazo a las verdades absolutas y a los prejuicios. Estas virtudes pasan a ser parte de su carácter dentro y fuera del laboratorio. El espíritu científico se desarrolla en el laboratorio, pero puede afinar las relaciones del científico consigo mismo y con el otro.
Cierre a manera de provocación. El científico que hila delgado en su trabajo llega a la espiritualidad: vuelve la mirada sobre sí y descubre que su comportamiento, sus relaciones con los demás, sus deberes como ciudadano y sus responsabilidades éticas y sociales son también fenómenos llenos de incógnitas, de dudas, de contradicciones que debe examinar a la luz del arte, la filosofía o el mito.
Entonces vuelve la mirada sobre él y va más allá de la consistencia de sus teorías, de su validación o falsación, y se pregunta por la conveniencia de sus investigaciones; si estas, por científicas que sean, le harán bien o mal a la comunidad.
Descubre, además, que el diálogo con los otros modifica sus reflexiones, le muestra senderos que quizá no había visto en la mera meditación subjetiva, amplía sus horizontes personales y lo mueve a la inclusión del otro como un interlocutor válido. Llega así a la espiritualidad de la vida cotidiana, al buen vivir.
Nota. Esta es una transcripción casi literal del texto que escribió Lopera como un ejercicio del módulo de divulgación científica de mi taller de escritura. Lopera es psicólogo, psicoanalista, magíster en filosofía y doctor en ciencias sociales de la Universidad de Antioquia.