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Cinco cuentos matemáticos súbitos

Julio César Londoño

12 de febrero de 2010 - 08:36 p. m.

CADA QUE ESCRIBO UNA COLUMNA, tiemblo pensando cuántos errores gruesos encontrará Felipe Ossa y cuántas tautologías descubrirá en mis agudas inferencias “Perogrullo”, un temible sujeto del chat de estas páginas.

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Como sospecho que ambos son analfanuméricos, hoy me ocuparé del sofisticado género de la ficción matemática súbita. Aquí van pues, para acompañar la mañana y el café del sábado, estas cinco breves historias.

Un problema difícil. ¿Sabes —le confió el Demonio— que ni siquiera los mejores matemáticos de otros planetas, todos más avanzados que el de ustedes, han podido resolver ese problema. Mira, hay un tipo en Saturno, parecido a un hongo con zancos, que resuelve mentalmente ecuaciones diferenciales, e incluso él se ha dado por vencido. (Arthur Poges, El Demonio y Simon Flagg).

El satélite. Varios sabios dignos de crédito opinan que el satélite de Marte, Phobos, es hueco. Se trataría de un asteroide colocado en órbita alrededor del planeta rojo por inteligencias extraterrestres. Tal era la conclusión a que llegaba un artículo de la revista Discovery de noviembre de 1959. Tal es también la hipótesis del profesor soviético Chatlavsky, especialista en astronomía. (Powels y Bergier, El retorno de los brujos).

Cero en geometría. Henry miró el reloj. Dos de la madrugada. Cerró el libro con desesperación. Seguramente que mañana sería reprobado. Entre más quería hundirse en la geometría, menos la entendía. Dos fracasos ya y sin duda este sería el tercero. Sólo un milagro podría salvarlo... ¿Un milagro? ¿Y por qué no? Siempre se había interesado en la magia. Tenía libros. Había encontrado instrucciones sencillísimas para llamar a los demonios y someterlos a su voluntad. Nunca había hecho la prueba. Era el momento: ahora o nunca.

Sacó del estante el mejor libro sobre magia negra. Era fácil. Algunas fórmulas. Ponerse al abrigo de un pentágono. El Demonio llega. No puede nada contra uno, y se obtiene lo que se quiera. Probemos.

Movió los muebles hacia la pared dejando el centro despejado. Después dibujó sobre el piso, con una tiza, el pentágono protector. Después pronunció unas palabras herméticas. El Demonio era horrible de verdad, pero Henry hizo acopio de valor y se dispuso a dictar su voluntad. “Siempre he sacado cero en geometría...”, empezó.

A quién se lo dices... —comentó sardónico el Demonio, saltó las líneas del exágono que el estúpido muchacho había trazado y le arrebató el alma. (Frederic Brown).

Relatividad. Mientras los tipos de la máquina están estáticos, la realidad entreteje sus historias. (Juan Andrés Muñoz, Taller de Renata, Villavicencio).

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Diálogo de dos extranjeros en Berkeley. Albert Einstein, el físico teórico, y Rabindranath Tagore, el poeta indio, conversan en una cafetería de Berkeley en 1939.

— ¿Es verdad, señor Einstein, que ustedes los científicos creen en un mundo fuera de la conciencia humana?

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— Hay una realidad más allá de nosotros. Toda verdad humana sólo deriva de ella, respondió Einstein.

— Ah, no diga usted eso. Yo sólo puedo hablar de lo que he percibido.

— Señor Tagore, escúcheme: la suma de los ángulos interiores de un triángulo sería igual a dos rectos aunque no hubiese humanos.

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— ¿Y quien puede probar semejante supuesto?

— La razón, pues sus leyes imperan para todos. Budistas, musulmanes, pielesrojas, albinos... nadie puede evadir los axiomas del mundo.

— Sólo porque aquí hay hombres son verdad esas cosas.

— ¿Afirma usted entonces que si no hubiera humanos, el Apolo de Belvedere dejaría de ser bello?

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— Sí señor, eso digo.

— Pues yo pienso otra cosa. Aunque todos muriéramos, y el sueño de la especie se borrara, fuera de nuestras mentes persistiría el mundo, y el mármol, ya invisible, guardaría su belleza.

— Entonces, señor Einstein, usted es mucho más religioso que yo. (William Ospina).

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