Cómo hablar de los libros que no se han leído empieza muy bien. No están allí las palabras pasión, plasmar, fruición, enganche, prosa elaborada, “de un tirón” ni otras ñoñerías. Por el contrario, arranca con una vaharada de spleen fresco, con el cinismo propio de los auténticos profesionales.
“Nací en un entorno en que se leía poco, no aprecio en modo alguno esa actividad y, además, tampoco dispongo del tiempo necesario para ello. No obstante, y dado que doy clases de literatura en una universidad, con frecuencia debo comentar libros que ni siquiera he abierto”.
Es un perfecto párrafo inicial. Nos informa que no estamos ante un místico, un sujeto cuyas yemas se humedecen a la vista de un libro apolillado, sino ante una persona confiable, es decir, un escéptico.
Pero luego viene lo mejor. El autor (Pierre Bayard) no es un cínico ni un chistoso, sino un señor que habla con profundidad sobre un oficio apenas estudiado: el de lector.
En la página 13 leo: “Es posible mantener una conversación apasionada sobre un libro que no hemos leído (llamémoslo Q), y mejor si es con alguien que tampoco lo ha leído”. Sobra decir que estos contertulios han leído o manoseado miles de volúmenes; es decir, se mueven con soltura en esa biblioteca colectiva que conforman todos los textos del mundo, y de la que Q es apenas un elemento más. “Todo consiste en definir el lugar de Q en la biblioteca, positiva o negativamente, así como una palabra sólo adquiere sentido en relación con las demás palabras de la misma lengua y con su lugar en la frase”.
Para demostrar esta tesis, Bayard nos recuerda la apasionada discusión que sostienen Guillermo de Baskerville y Jorge, el bibliotecario de El nombre de la rosa, sobre la Comedia, de Aristóteles, volumen que ninguno de los dos ha leído, entre otras cosas porque Aristóteles nunca lo escribió.
La franqueza de Bayard contrasta con el rubor de la gente: “Salvo W. Bush, nadie quiere reconocer que no ha leído lo suficiente. Ante los interrogatorios eruditos, todos reaccionamos como un niño asustado en la escuela”. (¿Será por esto que los estudios de lectura en Colombia repiten dos cifras con obstinación: 1,6 y 2,4 libros por cabeza?)
Bayard sostiene que el trabajo central del crítico es hablar de libros que no ha leído, o lo que es igual, que apenas ha hojeado, o leyó y olvidó, o hizo de él sólo una de las muchas lecturas posibles, y añade que es un trabajo altamente creativo.
Proust es uno de los autores más “leídos”, asegura Bayard, y pone como ejemplo al mismísimo Paul Valéry, que pronunció un emocionado discurso en el entierro de Proust: “… qué perdida excepcional acaban de sufrir las letras con su muerte”, dijo Valéry ese día, después de confesar que “sólo conozco un tomo de En busca del tiempo perdido”. Recordando que Valéry desdeñaba las anécdotas de los autores, Bayard escribe: “No contento con eliminar al autor del horizonte de la crítica literaria, aprovecha para desembarazarse también del texto”.
Una situación extrema es la de Montaigne, un señor que muchas veces tuvo que hablar de libros que no había leído: sus propios libros, obras que sus interlocutores parecían conocer mejor que él.
Entre líneas, este libro parece decir que “cultura literaria” es lo que queda después de que olvidamos la información literaria, es decir, los contornos de los personajes, los detalles del argumento y otras naderías.
Al final, Bayard aconseja no detenerse demasiado en los libros ajenos: es la única manera de escribir los propios.
Cómo hablar de los libros que no se han leído es una inteligente reflexión sobre el personaje más olvidado de la literatura, el lector.