15 Jan 2022 - 5:30 a. m.

Diplomado de escritura

La matemática es perfecta. Un orden platónico. La literatura es rústica, vibrátil, no conoce el sosiego, todo en ella es gaseoso, incierto, subjetivo. No más empezando, ya los estudiantes y los profesores tienen que vérselas con la definición de los géneros literarios, una tarea imposible. En la introducción de El arco y la lira, Octavio Paz demuestra que la poesía admite mil definiciones, es decir que estamos ante una materia refractaria a la precisión.

Luego la cosa se complica. Cuando hablamos de “poéticas”, las teorías del oficio, el piso se pone aún más resbaloso. Cuando después de siglos de estudio los teóricos sacan en limpio unas pocas “reglas del arte del cuento”, digamos, ¡llega un genio y, zaz, las rompe todas!

Pero el problema literario más agudo es el moral. Salvo las tramas ingeniosas y los poemas meramente musicales, las obras literarias plantean siempre dilemas éticos que el autor no puede zanjar acudiendo a las leyes divinas ni a las normas civiles. Si el poeta va a juzgar a sus criaturas con los versículos del Levítico o con las normas del Código de Policía, ¿entonces para qué poetas?

Nota. Hay una división curiosa. Entre narradores (cuentistas, novelistas y dramaturgos) el “mensaje” y las moralejas resultan insoportables. ¿Quién resiste una novela de tesis o un drama ecológico? A Nathaniel Hawthorne le perdonamos sus cuentos puritanos porque está muerto. Y por su lunático Wakefield. El poeta y el ensayista, en cambio, son activistas y echan sermones y nadie les dice nada.

Como de todas maneras hay que acotar los distintos géneros, sugiero utilizar definiciones irónicas:

“El artista es el criminal. El crítico, apenas el detective”.

“El éxito de las conjeturas del ensayista erudito depende por entero de su talento especulativo, no de su erudición”.

“Un cuento es una novela depurada de ripios. Requiere altas dosis de tensión y su protagonista es el argumento”.

“La narrativa salva del olvido a la noticia. Solo la crónica hace legible el periódico de ayer”.

“Jamás se le erigirá una estatua a un crítico”.

“El teatro es un cine de pedal”.

“Amanuense de los susurros de un Dios cuyas distracciones debe suplir, el poeta inventa un orden posible”.

“La poesía es un álgebra hechizada”.

“El ensayista de divulgación es un cartero humildísimo que nos trae noticias del genio”.

“En literatura no hay nada escrito”.

Para encontrar definiciones que sean algo más que comodidades académicas; para buscar unos principios éticos que no sean mojigatos ni perversos; para sentar criterios de poética y de crítica literaria que nos libren del relativismo baboso (“entre gustos no hay disgustos”) e incluso para luchar contra las “verdades” que surjan de estas búsquedas, orientaré un diplomado de escritura a partir del segundo sábado de febrero.

No me hago ilusiones. Sé que “nada se construye sobre la piedra, todo sobre la arena, pero nuestro deber es construir como si fuera piedra la arena”.

Confío en que estos criterios, las visitas de mis amigos escritores y la sensibilidad de los alumnos nos ayuden a escribir algunas páginas válidas, una barricada de eternas y frágiles palabras que resista el avance de las hordas de los bárbaros.

P. D. En mi próxima encarnación seré profesor de matemáticas y pasaré los días plácidamente en ese palacio de precisos cristales. Es verdad que en el penthouse de esa torre griega hay cismas, reyertas, palabrotas y paradojas, pero en el resto de la construcción todo es orden, pulcritud, tranquilidad.

jclondono53@gmail.com

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