La bicicleta es mágica y grácil, silenciosa, la equilibran la velocidad y los otolitos del oído, no tiene motor, no la impulsa el viento ni la tira un caballo. Es un vehículo de tracción animal, claro, pero el animal que lo tira no está adelante ni atrás sino encima, se sostiene sobre sí mismo, como la fe. ¡Es tan insólito como creer que uno puede levantarse a sí mismo jalándose de los cabellos!
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La bicicleta moderna (frenos, galápago, llantas neumáticas, pedales y cadena) es un diseño avanzado de la Revolución Industrial y aparece en Inglaterra en 1885. Antes hubo bicicletas con marco y ruedas de madera y sin pedales. El ciclista se impulsaba apoyando los pies en el suelo. ¡Caminaba sentado!
Como todos los inventos, la bicicleta no tiene fecha. El inevitable Leonardo da Vinci diseñó una cicla moderna pero nunca se preocupó por construirla (“L’arte è cosa mentale”, decía). También hay ciclas en un mural de Pompeya. Es probable que la primerísima haya rodado en la nación de la imprenta, la pólvora, la brújula, el papel, los estribos para los jinetes, la pornografía, el capitalismo comunista… todo aparece primero en China.
Al principio fue cosa de hombres: era mal visto que una mujer “montara cicla”. Se temía que se alebrestaran con la diabólica fricción del galápago, que perdieran la virginidad, que se expusieran a las indiscretas miradas de los hombres (todas andaban en faldas; los pantalones para mujeres son de ayer, de los años 30), pero ellas amaban las ciclas y el viento y jodieron y persistieron y ellas mismas diseñaron un marco curvo de “barra baja” que les permitía subir y bajar de la bicicleta sin levantar mucho las piernas.
Como los pantalones no eran bota-tubo, los hombres usaban una pinza cromada en la bota de la pierna derecha del pantalón para evitar que se manchara con la grasa del “plato”. (El plato, la cadena, la trinquetera y los pedales conforman un ingenioso engranaje que aprovecha la “ventaja mecánica” de las palancas y convierte un movimiento rotatorio en un desplazamiento rectilíneo).
Bogotá estrenó su primera ciclorruta un domingo de diciembre de 1974 e inauguró así una costumbre que sería rito dominical en muchas ciudades del país.
Nunca olvidaré la primera vez que rodé más de 30 metros sin caerme. Fue un momento glorioso. Luego del metro 30 (está circularmente probado) el aprendiz adquiere un aplomo que le permitirá conservar el equilibrio ciclístico el resto de su vida. Se sabe que pedalear al aire libre es el camino más corto a la felicidad y que no existe nada más triste sobre la faz de la tierra que una bicicleta estática.
En los años 70 empezaron a ensamblarse autos económicos en el país (Renault 4 y Simca). Por primera vez la clase media pudo comprar carro, hasta entonces un privilegio de la gente rica, pero la bicicleta siguió siendo el vehículo preferido de obreros, estudiantes y empleados.
En los años 80 la motocicleta irrumpió con fuerza y el reinado de la bicicleta empezó a declinar.
Hoy, la imagen de un muchacho que lleva a su novia “en barra” o del obrero que regresa del trabajo en bicicleta al caer la tarde es una postal que está en peligro de extinción.
Pero la cicla ha resistido. Al tiempo que decaía su uso como vehículo de trabajo, se popularizó como instrumento de recreación. Los triunfos de nuestros ciclistas en competencias internacionales, el culto al cuerpo y la preocupación por el cuidado de la salud han consolidado esta tendencia.
Es justo que sea así. Un vehículo tan bello y ecológico, un objeto memorable del cine, las letras y la infancia no puede desaparecer.