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El abc del columnista exitoso

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Julio César Londoño
20 de junio de 2009 - 01:38 a. m.
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DESPUÉS DE 30 AÑOS COMO LECTOR de los columnistas más leídos del país, he detectado unas constantes que garantizan, me parece, el éxito en esta profesión. Aquí van:

No se ofenda por la humildad de la palabra “opinión”. La posteridad comprenderá que la suya era la Opinión.

La veracidad es un problema del reportero, el análisis déjelo a los jefes de sección y el equilibrio al director. Lo suyo es el dictamen severo y definitivo.

Las citas son sinónimo de erudición. Ejemplo: “Como dije en mi columna del 18 de marzo de 1997”, etc.

Recuérdele al lector su linaje y su currículo para que no lo confunda con los caricaturistas, reporteros, fotógrafos y demás ganapanes que gimen en el fondo de las galeras. Ejemplos: “La noche que mi padre mandó a dormir a los colombianos a las ocho de la noche…”. O: “Cuando tuve el honor de regir los destinos del departamento…”.

Lea a Enrique Santos, Antonio Caballero y Juan Gabriel Uribe. Revuelva, agite, matice y firme. No falla.

No olvide anotar que todas las desgracias que agobian al país y al mundo habrían podido evitarse si se hubieran acatado las directrices impartidas desde su columna con hebdomadaria puntualidad. (Deje la palabra “semanal” para sus prosaicos colegas).

Los temas espinosos deben abordarse con tacto: del aborto hay que decir que sí pero no; de la eutanasia, que es un problema personal pero también ético y teológico, es decir, un tanto impersonal, y así en todo, combinando siempre el malabarismo y la objetividad.

Utilice a menudo la expresión “con honrosas excepciones”. Así evitará roces con los gremios y su columna será ejemplo de moderación.

Deje la claridad a los maestros de escuela y la síntesis al titulador. Si su columna no cabe en esos mezquinos espacios editoriales, trócela y publíquela por entregas. Parte II, parte III, etc.

Con todo, y para burlar al fantasma de la página en blanco, nunca vaya al grano. Haga siempre un prefacio, dedique los dos primeros párrafos a su prosapia, a los griegos, a la falta de espacio o a los detalles de su rutina diaria, y los últimos a quejarse de la brevedad del espacio.

Si algo puede decirse en 500 palabras, demuestre que usted puede hacerlo con 800.

Si no puede evitarlo, adule, repte, aclame, chupe, exalte, ahóndese en cóncavas venias —que del elogio algo queda— pero deslice entre líneas unas gotas de sangre para la ávida galería.

Sea cual sea el suceso del momento, lo que de verdad importa es el papel que usted jugó ahí. Si va a escribir sobre el funeral del Papa, digamos, el clímax de la narración será el momento del arribo del columnista a la Basílica de San Pedro y las emociones que los rituales del sepelio le suscitan.

Cuando la sintaxis de un párrafo le dé mucho trabajo, meta un guión —una rayita que no garantiza la claridad pero es elegante y sirve para salir de apuros sintácticos.

El periodismo es reflexión, prosa, seso, es decir, opinión; lo demás es lo nebuloso, lo contingente, el ruido, el chisme, la noticia en suma.

No profundice, recuerde que el lector de periódicos es eso, un lector de periódicos.

 No se queje de los insultos de los lectores on-line: aunque le cueste aceptarlo, usted no tiene el copyright de la injuria.

Si le entran ganas de hablar bien de un funcionario, reprímase. Es probable que el tipo entre a la cárcel antes de que el periódico salga a la calle.

Cuando se deprima al comprobar que su columna no cambia un milímetro el curso de la historia, recuerde el axioma de Les Luthiers: todo tiempo pasado fue anterior.

Cuando las rechiflas arrecien, cierre los ojos y repita este mantra: El periodismo es una esfera cuya superficie está en todas partes, el centro en mi columna y su sustancia en ninguna.

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