El propósito de estas líneas es ajustar cuentas con Aristóteles, la mesura y el poeta morrongo, espécimen que será definido en el párrafo tres.
Empiezo con Aristóteles porque Margarita Rosa de Francisco me explicó que la lógica aristotélica sembró en Occidente la matriz del maniqueísmo y la polarización con su nefasto principio del “tercero excluido” y nos condenó a vivir en un mundo binario, sin matices, entre “falso o verdadero”, blanco o negro.
Esto, en lo relativo a materias lógicas o formales. Para todo lo demás, la comida, la bebida, el sexo y los muchachos, Aristóteles aconsejaba el camino del medio, o sea el gris, la aurea mediocritas, como diría el profesor Sanabria rozando su pañoleta con pose erudita y coqueta. Estos saltos entre el blanco y el negro, más tres vueltacanelas en el aire para aterrizar en el mullido gris, son el sello de esos saltimbanquis que integran el gremio de los poetas morrongos.
Ejemplos insignes: Juan Carlos Botero, Piedad Bonnett, Mario Mendoza, Salomón Kalmanovitz, Patricia Lara, María Isabel Rueda, Aura Lucía Mera y Mauricio Vargas pertenecen al sofisticado gremio de la logia centrista y patidifusa.
Nota: analizaré el caso de William Ospina en una separata especial y tal vez neoaristotélica.
El poeta morrongo exhibe su “equilibrio” desde la primera línea. “Mis lectores saben que nunca me tembló el pulso para denunciar las infamias de la extrema derecha. Por esto mismo puedo criticar con autoridad las torpezas del otro extremo del espectro político”. Dicho esto y después de algunas cifras y conceptos muy sesudos, el poeta morrongo: a) se larga a ver ballenas, b) vocifera que votará en blanco porque ningún candidato merece su voto, c) tiene una revelación súbita y comprende que Rodolfo Hernández es un estadista apuesto, d) cancela su odisea por los mares del sur y adhiere a la candidatura de Hernández.
Los temas cambian pero el formato permanece: “Como dije en el onceno tomo de mis obras completas, adoro el feminismo. Sin embargo…”. En este momento el otoñal youtuber estruja rabiosamente su pañoleta y reduce el feminismo a la caricatura de las “feminazis”.
Ejemplo tres: “No tengo nada contra los homosexuales. Es más, tengo amigos gays divinos y los quiero mucho, pero todo tiene un límite…”.
El mejor ejemplo de poeta morrongo es Neruda: “Amo a Lorca… con amor viril, claro”. Y el mejor comentario fue el de Borges: “¡Qué miserable don Pablo!”. Ni Hemingway, el protomacho, lanzó nunca frases tan mariconas.
Mis lectores saben que adoro las ballenas y respeto las opiniones, incluso las de Fajardo y Ospina, el serio, y las del otro Ospina, el gracioso. Bueno, no exageremos: puedo fingir que respeto la esquizofrenia y la tripolaridad, pero me encabronan los rodeos y la grandilocuencia que estilan los equilibristas para quedar bien con todo el mundo y dejar en el aire proposiciones tan perversas como esa de que todos los políticos son iguales. Estos malabarismos son más irritantes cuando el poeta morrongo compara candidatos o modelos económicos que no admiten comparación.
Me encabrona, por ejemplo, que comparen el supuesto fracaso del gobierno del Pacto Histórico (que “fracasa” luchando contra la minga opositora más fenomenal de la historia de Colombia) con el fracaso real de los decenios de gobiernos de la minga.
Un gobierno que le apuesta a una economía social de mercado puede fracasar, es verdad, pero el otro modelo, el que confía ciegamente en la sabiduría del oro y en la autorregulación de los mercados, solo puede fracasar. Por eso los neoliberales llevan tres décadas repitiendo su cínico consuelo: el país va mal pero la economía va bien.