Todos los días le pido al cielo la misma cosa: que me permita escribir un cuento perfecto. Es simple. No pido imposibles.
No pido oro, amor ni salud, y tengo la esperanza de que Dios me escuche porque Él, se sabe, les da prioridad a los ateos. Cuestión de marketing, supongo.
También es probable que no me escuche (cuando la tierra nos queda estrecha, el cielo nos queda alto) pero no importa. Uno puede ir buscando acá, mientras tanto, la cuadratura del círculo. Bastará con meter en nueve páginas una historia que tenga la originalidad de Kipling, la prosa de Capote, el ingenio de Chesterton y la magia de Las mil y una noches, y que podamos amalgamarlo todo en una suma literata que tuviera, al tiempo, la sofisticación de Borges, la simplicidad de Rulfo y la potencia verbal de Gabo... Claro, existe el riesgo de que la mezcla produzca un ornitorrinco insufrible. A veces, el todo es menor que la suma de las partes.
Además, si uno tiene una prosa como la de Capote (el ápice de la lengua inglesa) puede escribir cualquier cosa, el acta de una sesión del Congreso, digamos, y le sale bien. Nítida. Como La botella de plata, la historia del muchacho que iba a un bar del pueblo todos los días, hace 60 años, a mirar fijamente una gran botella llena de monedas y tratar de contarlas minuciosamente. Había un premio para el que más se aproximara a la cifra exacta: la botella y sus monedas. El muchacho necesitaba ese dinero para comprarle una caja de dientes a Middy, su hermana menor.
O como El diablo en la botella, de Stevenson, una versión heroica y moderna de la lámpara de Aladino.
Sería muy lindo escribir un día algo similar a Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, ese cuento de Borges sobre unos señores tan excéntricos y elegantes que deciden hacer una enciclopedia de Tlön, un mundo imaginario, y dibujan sus atlas y crean sus lenguas, su matemática, su historia, sus barajas, religiones y mitologías... y de pronto, en un cruce de planos magistral, objetos de Tlön empiezan a aparecer en el mundo real...
Cualquier cuentista mataría por escribir algo como El cuento más hermoso del mundo, de Kipling, así fuera robándole el argumento a alguien, como hace un escritor maduro con un poeta joven en el cuento de Kipling. El poeta tiene en la cabeza una historia extraordinaria sobre la vida de un remero de galeras en la Antigüedad, y la concibe con un grado de detalle pasmoso, pero no le da importancia porque su sueño es ser poeta, no cuentista.
A Chesterton, poeta riguroso de la geometría del crimen, le envidio sus brillantes soluciones al “problema del cuarto amarillo”. Son crímenes perfectos, pero traen otra vuelta de tuerca: la víctima aparece asesinada en una habitación hermética y trancada por dentro. De las muchas historias espléndidas de este católico inglés, mi favorita es una que se resuelve mediante la intervención de un arquero muy diestro y una flecha de hielo.
Sé que tengo más ambición que talento. Sé que no merezco tan magnífico regalo. Sin embargo, confío en que la bondad del cielo o la injusticia divina me deparen en cualquier momento una historia esférica, sólida y feliz. Por eso todas las noches rezo la oración que le escuché un día a Santiago Gamboa.
“Prometo querer narrarlo todo y contra toda esperanza. Prometo ser sincero en la verdad y en la mentira, y prometo contradecirme. Prometo no ser tan ‘versátil’ como algunos editores quisieran. Prometo reescribir, tachar, borrar y maldecir hasta quedar sin aliento. Prometo todo esto, Señor, en nombre de tantos autores caídos en el campo de batalla de la página en blanco. Prometo también repetir cada mañana esta plegaria: Señor, no soy ávido, sólo te pido 500 palabras”.