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El dandi que casi descifra el universo

Julio César Londoño

10 de diciembre de 2010 - 10:55 p. m.

ARTHUR SCHOPENHAUER NACIÓ EN 1788 en el hogar formado por un banquero y una novelista.

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 El padre, que se ocupaba de negocios internacionales y aspiraba a que su hijo hiciera lo mismo, le puso Arthur porque es un nombre que se escribe y pronuncia igual en alemán, francés e inglés, y le dio desde el principio una formación cosmopolita.

A los 21 años entró en la facultad de medicina de la Universidad de Gotinga. Leía de todo: física, mineralogía, historia natural, botánica, astronomía, meteorología, etnografía, derecho, matemática. Un año después se pasó a la facultad de filosofía, donde estudió las obras de Platón y Kant y descubrió, perplejo, que las “ideas” y las “cosas en sí” de estos pensadores coincidían con ciertas intuiciones que estaban despuntando en su cerebro y que desarrollaría en los años siguientes hasta concretarlas en esa obra que admirarían Wagner, Nietzsche, Tolstoi, Mann y Borges: El mundo como voluntad y representación.

Arthur Schopenhauer puso el punto final de esta obra en 1818. Con legítimo orgullo, escribió en su diario: “Sujeta a la sola limitación del conocimiento humano, mi filosofía es la verdadera solución del enigma del mundo” (muchos años después, un señor argentino leyó con un principio de vértigo la obra del alemán, y escribió de inmediato Otro poema de los dones, donde agradeció todas las cosas que le habían sido dadas. Entre otros, el poema da gracias “Por Schopenhauer, que acaso descifró el universo”).

El filósofo publicó el libro de su propio bolsillo y se marchó a Italia a esperar los claros clarines de la gloria... que nunca sonaron. Los 47 ejemplares que se vendieron, de un tiraje de 500, sólo recibieron como comentario un silencio unánime y helado, hecho que lo amargó hasta el tuétano.

En el salón de su madre conoció a Goethe. Los dos hombres pasaban noches enteras discutiendo de orugas, estratos geológicos y la piedra de la locura. También les gustaba inventar teorías sobre las percepciones, en particular sobre la visión y los colores, y despotricar de la Óptica de Newton, concretamente de su brillante teoría del color, dislate comprensible en dos hombres que eran esféricamente cerrados a la matemática.

Medía menos de seis pies, era fornido, de hombros anchos, cuello corto y cabeza grande. La ropa cara, los ojos vivos, los labios gruesos y bien formados, y los rizos castaños rodando en torno, delataban al dandi y ocultaban al pensador.

Era tan escrupuloso que mantenía platos y cubiertos propios en el restaurante donde cenaba (era casi tan rutinario como Kant), y nunca pisó barberías, piscinas ni salas de manicure por temor a las infecciones. Nadie podía tocar sus cigarros ni las boquillas de sus pipas. Se cuenta que en Verona sufrió una crisis nerviosa porque pensó que había aspirado rapé envenenado; pasó a Nápoles pero no se pudo bajar del tren porque la ciudad estaba asolada por la viruela, y fue a parar en Berlín, donde lo esperaba una epidemia de cólera que se llevó una buena presa: Hegel.

No usaba el idioma alemán para asuntos distintos a la filosofía. La discriminación de los rubros de sus cuentas la hacía en inglés, y las cifras las asentaba divididas por diez para disimular la magnitud de sus transacciones. Para las cosas íntimas usaba el griego y, cuando éste no le alcanzaba, el latín. Era un monárquico tan convencido que prestó su balcón a un oficial del rey para que le disparara a la turba, a la canalla, durante la revolución de 1848. Escondía el oro en la alacena, entre los granos, y los títulos y las acciones en medio de los libros más impopulares. Dormía con dos pistolas cargadas sobre la mesa de noche. Murió de un ataque al corazón a los 72 años de edad. Haciendo gala de su clásico estoicismo, el universo no se inmutó.

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