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El escritor y la actriz

Julio César Londoño

14 de enero de 2011 - 10:00 p. m.

PARA NADIE ES UN SECRETO QUE UNA hermosa criatura, el reportaje que Truman Capote le hizo a Marilyn Monroe, es uno de los momentos más altos del periodismo literario.

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Allí los dos niños terribles del imperio chismosean, beben y se hacen confidencias como dos niños corrientes. La entrevista tuvo lugar el 28 de abril de 1955, cuando “todo Nueva York” se reunió para despedir a Constance Collier, la profesora de actuación de Katherine Hepburn, Vivien Leigh, Marilyn, Clark Gable... la amiga de Chaplin, Aldous Huxley, Greta Garbo, Max Beerbohm y Wilde, entre otros fulanos.

Después del funeral Marilyn y Truman salieron a caminar y se encontraron en un parque una gitana flaca y peluda que les ofreció el futuro a cambio de una moneda. Los ojos de Marilyn brillaron un segundo pero se contuvo: “¿A quién le interesa el futuro? Allí están la vejez y la muerte”.

Entraron a un bar y pidieron una botella de Mum’s. Una señora joven se les acercó. “Usted es Truman Capote, ¿verdad? ¿Me regala su firma?”. Mientras Capote firmaba con su pulso de alcohólico precoz, se acercó a la mesa el acompañante de la señora, un señor ebrio y encabronado. El hombre sacó un falo varicoso y despelucado, lo puso sobre la mesa y farfulló: “Fírmame éste, monito”. Lo siento —dijo Capote—, allí apenas caben mis iniciales.

Los dos hombres se pecharon, se dijeron palabrotas, acudieron los meseros y la cosa quedó ahí.

Capote y Marilyn abandonaron el sitio de inmediato. Iban muy serios. “Espero que te quede suficiente dinero”, dijo Marilyn. Eso depende —dijo Capote—. No alcanza para comprar perlas, si esa es tu idea para salvar la tarde. “Tengo kilómetros de perlas, baby… No, sólo quiero dar un largo paseo en taxi”. Cogieron uno. En un semáforo un anciano se puso a limpiar el parabrisas con un trapo sucio. El conductor lo puteó en italiano. Marilyn se tapó la cara con el bolso: “¡Qué horror, Truman, dale algo, rápido!”, dijo y se echó a llorar. Por fortuna Capote conocía un remedio. “Vamos al muelle de South Street”, le dijo al conductor (ella conocía otros remedios: se zampó dos pastillas diminutas que sacó del relicario y las bajó con un concho de Mum’s).

“Cuando llegamos al muelle había un atardecer malva ilustrado con gaviotas blancas que hacían cabriolas contra la silueta de Brooklin. Marilyn se apoyó en un poste de amarre, miró mar adentro (Galatea inspeccionando lejanías) y me regaló su perfil. Era perfecto, como si Dios no hubiese hecho nada más en toda la Creación. Las nubes parecían toscas comparadas con su pelo, fino como algodón de azúcar. De pronto se volvió hacia mí con etérea suavidad, como si la brisa la hubiera hecho girar”.

— Si te preguntaran cómo es Marilyn realmente, ¿qué dirías? —su tono era burlón pero yo sentí que quería una respuesta sincera— Apuesto que dirías que soy una estúpida. Una sentimental.

— Por supuesto... Pero también diría...

“Hice una pausa buscando lo imposible: la definición de Marilyn. La luz se iba. Marilyn parecía esfumarse con ella, perderse en el cielo y las nubes. Quise gritar más alto que los chillidos de las gaviotas, llamarla para que volviese: ¡Marilyn! ¿Por qué todo tuvo que acabar así? ¿Por qué la vida tiene que ser tan podrida?”.

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Capote: Diría...

Marilyn: No te oigo.

Capote: Diría que eres una hermosa criatura.

Una hermosa criatura es el registro de la primera y última vez que Marilyn Monroe fue desnudada con respeto y poesía. Era de esperarse. Los unía un sentimiento tan alto como el amor: una mutua y tranquila admiración (Capote fue el primer intelectual que reconoció el talento de la actriz, y Marilyn, por su parte, podía recitar parrafadas completas de los libros de Capote). Además ambos eran inteligentes. Y pervertidos. Y se entendieron.

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