Colombia tiene que elegir entre Cepeda, «el continuismo del peor gobierno de la historia», y Abelardo, es decir, la historia: César Gaviria, Cambio Radical, los Char, Semana, El Tiempo, El Colombiano, La U, Álvaro Uribe, etc. El perfil de Cepeda está definido: es un hombre sereno, dicen Félix Lafaurie y Felipe López. El perfil de Abelardo es prolijo; cubista, digamos: ateo camandulero, matagatos animalista, exquisito y lobo, outsider y, súbitamente, ¡candidato del establecimiento! Vivir para ver.
En lugar de su «Firmes por la patria», debería tomar el lema de Groucho Marx: «Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros». (Nota. Es irónico que la derecha, tan admiradora de la fuerza en general y de las Fuerza Armadas en particular, nunca se preocupó por los salarios de los soldados y los arrastró a la infamia de los falsos positivos y a la connivencia con los paramilitares, y hoy tiene la caradura de acusar a este Gobierno de la «desmoralización del Ejército»).
El elector indeciso debe evaluar la gestión del Gobierno y elegir entre el continuismo o el cubismo. No es fácil porque son muchas las variables a considerar. ¿Qué pesa más, la inversión social en los territorios y en los barrios vulnerables de las ciudades o el fracaso de la Paz Total? ¿Su apuesta por un capitalismo sostenible y redistributivo o los claroscuros de su lucha contra la corrupción?
Confiemos, entonces, en ese oráculo moderno, el número. Veamos. A los oficialistas nos gusta celebrar el alza del salario mínimo (42 % en lo que va de este Gobierno) y los números descendentes de la inflación, el costo de vida, el desempleo, la mortalidad infantil, la pobreza y la tasa del dólar. Desde la otra orilla, nos enrostran el «Número de números», el déficit fiscal, 118 billones de pesos, pero callan que el Gobierno heredó un déficit de 83 billones de la administración Duque, pagó los 36 billones del Fondo de Estabilización del Precio de los Combustibles, perdió seis billones de ingresos por una «contrarreforma» tributaria de la Corte Constitucional, pagó una deuda de 20 billones al FMI y el Congreso le rechazó dos leyes de financiamiento que sumaban 28 billones. En total, este Gobierno ha encajado golpes y «jugaditas» por 173 billones de pesos ¡y solo registra un déficit de 118 billones de pesos!
¿Qué dicen los gremios? Comfenalco afirma que estamos al borde del abismo, pero el DANE demuestra que el sector comercial se convirtió en uno de los principales motores de la economía en 2025. Este optimismo es compartido por Luis Carlos Sarmiento: «Vamos bien. Estamos prosperando», dijo el 31 de mayo.
En las vísperas de las elecciones del 2022, con la caldera nacional a punto de estallar, Alejandro Gaviria votó por el Pacto Histórico con una razón sencilla: con Petro tendremos una explosión controlada, dijo. Tenía razón. Elegir a Rodolfo a Hernández habría sido un desastre. Las políticas sociales del Gobierno han aliviado un poco la situación, pero la presión sigue siendo muy alta.
Al país le conviene darles continuidad a los programas sociales del Gobierno, y aprovechar el carácter conciliador de Iván Cepeda, probado en muchas negociaciones con ganaderos, guerrilleros, políticos y comunidades, para que lidere el gran diálogo nacional que Colombia necesita con urgencia.
Salvo su odio, Abelardo no tiene nada que ofrecer. Su carácter incendiario puede precipitar otro estallido social. Su bancada es anémica, cuatro curules. Su «ética» es un chiste macabro. Nunca ha desempeñado un cargo público. Sus empresas están quebradas todas, exceptuando la más oscura, De la Espriella Lawyers, que arrojó ganancias de 419 millones en 2025. Su «universo empresarial», como lo llama este fantoche, cerró el año con un saldo en rojo de $ 159 millones, según investigación de La Silla Vacía.
A los republicanos les gusta El Tigre porque le tienen la cuerda pisada (allá están David Murcia, Alex Saab y otros clientes estafados por el abogángster) y Marco Rubio lo manejarían con el dedo meñique. Está hipotecado penalmente al imperio, y también moralmente por el juramento que hizo al adoptar la ciudadanía estadounidense, cuando renunció «a toda lealtad y fidelidad hacia cualquier soberanía extranjera, estado o príncipe del cual haya sido súbdito o ciudadano hasta ese momento». En suma, el candidato de «Firmes por la patria» juró traicionar a su patria y obedecer al imperio.