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El primer pensador que dudó de las bondades de la razón fue Erasmo de Róterdam. El elogio de la locura sostiene que las personas prósperas y felices son ignorantes, mientras los sabios son pobres, pálidos y amargados. Mucho antes, un griego observó que los genios eran melancólicos; que las personas destacadas en política, artes o filosofía eran propensas a la tristeza, un sentimiento causado por la «bilis negra», uno de los cuatro humores que determinaban el temperamento. Aristóteles concluyó que la genialidad y la melancolía tenían la misma raíz: que la bilis negra fría producía locura y depresión, que la bilis negra caliente afilaba el entendimiento, y que lo mejor era una bilis tibia, lo que hoy llamamos el justo medio aristotélico.
La «teoría humoral» sucumbió ante los avances de la medicina, pero el justo medio aristotélico no ha perdido ni una bujía de su antiguo brillo, y sus reflexiones sobre el tema se conocen hoy como «el problema 30 de Aristóteles».
En 1997, Philippe Brenot publicó El genio y la locura para responder la pregunta ¿existe alguna relación entre la creación y los trastornos mentales? Estudió las patobiografías de muchos poetas, músicos, filósofos y artistas (Mozart, Arthur Rimbaud, Vincent van Gogh, Friedrich Nietzsche, Virginia Woolf…) y concluyó que la locura no crea el genio; a menudo lo amenaza. Pero la sensibilidad extrema, las obsesiones y las rupturas con la realidad pueden abrir perspectivas que la mente ordinaria no alcanza. El creador vive en una frontera peligrosa: se asoma al abismo para descubrir mundos nuevos. Como Van Gogh, que no era un loco que pintaba sino un hombre que luchó con colores y espirales contra la locura. El pintor triunfó, el hombre sucumbió.
Examina el derrumbe mental de Nietzsche y especula que algunas inteligencias excepcionales exploran regiones cuyos mapas aún no existen. Es posible que el explorador regrese con tesoros inéditos... o que no regrese nunca.
Como si fuera una partícula cuántica, Nietzsche hizo ambas cosas: no regresó nunca, pero descubrió pensamientos inéditos: «No existen hechos morales, solo lecturas morales de los hechos».
Uno de los capítulos más sustanciosos del libro sostiene que si la melancolía acompaña al artista, no es porque la tristeza produzca belleza, sino porque lo obliga a mirar el mundo con una intensidad que los espíritus simples desconocen. Como el necio de Erasmo, la felicidad disfruta del mundo; la melancolía lo interroga.
La conclusión de Brunot es prudente: la genialidad no nace de la enfermedad sino de la capacidad de convertir el dolor, la obsesión y el desorden interior, en una obra dotada de forma y sentido.
Otro libro que aborda «el problema 30» es El peligro de estar cuerda, de Rosa Montero, una autoridad en la materia porque durante años sufrió episodios de ansiedad, despersonalización y terror. A su regreso del infierno, emprendió una investigación que la llevó por los laberintos de la sicología, la neurociencia, la literatura y las biografías de muchos artistas y escritores y culminó en El peligro de estar cuerda.
Aquí, ensayo, autobiografía, divulgación científica y confesión íntima se funden en una exploración de esa frontera borrosa donde la creatividad, la imaginación y la inestabilidad mental se confunden.
El libro sostiene una tesis audaz y evidente: la normalidad absoluta es una ficción. Todos somos «raros». La creatividad no nace de la locura, pero ambas comparten «prerrequisitos»: sensibilidad exacerbada, imaginación excéntrica (Gabo, Dalí, El Bosco) y capacidad de percibir conexiones que son invisibles para las personas corrientes.
Escrito con la agilidad de una novela y el rigor de un ensayo médico, el libro es una defensa apasionada de la rareza humana. El peligro no está en cargar una dosis personal de locura sino en amputar la imaginación. La cordura perfecta es una forma de esterilidad; la «rareza», en cambio, suele ser la fuente secreta de la belleza, el arte y la compasión.
Montero invierte la mirada habitual. En vez de preguntar por qué algunas personas son excéntricas, pregunta cómo llegamos a creer que existe una normalidad estándar. El efecto es liberador: la rareza deja de ser un defecto y se convierte en una condición universal.
Uno de los postulados más concretos del libro afirma que el acto creativo es la convergencia de factores biológicos, emocionales, culturales y circunstanciales imposibles de repetir. El genio no es un don mágico sino una coincidencia providencial de fuerzas interiores y exteriores.
Montero confiesa que sus crisis de terror cesaron cuando empezó a escribir. La literatura aparece entonces no como un lujo intelectual sino como un bálsamo para el espíritu. Escribir no cura el dolor, pero le da forma; y lo que adquiere forma ya no es caótico.
Montero y Brunt coinciden en varios puntos: no romantizan la locura (ambos saben los infiernos que conlleva); critican el viejo prejuicio que convierte en patología cualquier diversidad; coinciden en que el sufrimiento es la materia prima, y el genio el alquimista que lo transmuta en obras; la locura es caos; el genio, cosmos, es decir, orden.
* La «inteligencia» puede ser una criatura fantástica, una entelequia prestigiosa, conjetura el joven filósofo colombiano Julián Bohórquez luego de repasar las innumerables y contradictorias definiciones de inteligencia, y de «inteligencias», que ha encontrado en los libros.
** Si el sabio es el que asombra a los maestros, el genio es una criatura anómala cuyas observaciones asombran a los sabios, pero «genio» no es un sustantivo preciso ni unívoco. Es una interjección de asombro.
