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HA CAMBIADO LA ACTITUD DE LUIZ Ignacio Lula da Silva frente a la región. Se lo ve más cercano ahora.
Antes faltaba mucho a las “cumbres” regionales, sobre todo cuando coincidían con las reuniones de sus pares, los líderes de los países emergentes del Grupo de los Cinco (Brasil, México, China, India y Suráfrica) o cuando lo invitan los dueños del mundo, como en la Ronda de Doha, y le toca sentarse a manteles con los presidentes de Estados Unidos, China, India, Australia, Japón y la Unión Europea). Con los mandatarios suramericanos se reunía sólo para discutir negocios puntuales muy importantes, o mandaba a sus ministros.
Las cosas han cambiado. Lula está asumiendo el liderazgo natural que le corresponde por ser el presidente de un país que tiene casi la mitad de la población, un poco más de la mitad del Producto Interno Bruto y las únicas plantas nucleares de Suramérica.
El liderazgo de Lula al frente de Unasur es urgente por varias razones: porque el Alba es una secta que huele a guardao. Porque es urgente que la región se una para enfrentar con alguna posibilidad de éxito la voracidad de las economías de los países desarrollados. Porque la ideología de Lula, un socialismo moderado y pragmático, es la única alternativa razonable ante el fracaso de la izquierda radical y del modelo neoliberal. Porque la región es una caldera que soporta altas presiones históricas por sus gravísimos problemas sociales, por la existencia de varios diferendos binacionales, por la conflictiva situación colombiana y, sobre todo, por el estilo pugnaz y camorrero de algunos presidentes que siempre están hablando para la galería, nunca para la historia; una comparsa de payasos que hoy se insultan y mañana se abrazan sin ningún rubor –y lo que es peor, sin que se hayan resuelto los problemas de fondo–.
Otras ventajas del liderazgo de Brasil estriban en que respeta los canales diplomáticos, resuelve de manera civilizada los conflictos con sus vecinos y su política internacional es un asunto de Estado, no algo que oscila al vaivén de la bilis del gobernante de turno.
Confío en Lula porque no es un predicador de bondad sino un expositor de razones. “A Brasil no le conviene ser el único país económicamente fuerte, con un montón de pobres en sus fronteras. El desarrollo de la región nos conviene”, le dijo a una emisora colombiana el pasado 20 de julio. Lula sabe que el peso de un líder se de mide por el peso de sus liderados.
Para Brasil, Colombia es socio estratégico. En los dos últimos años la inversión brasileña creció 25 veces y las importaciones procedentes de ese país sumaron 2.338 millones de dólares en 2007. Tal vez fue por esto que Lula sacrificó un domingo y acompañó a Uribe a celebrar el día de nuestra Independencia y a escuchar a Shakira en Leticia.
El giro de Lula es una magnífica oportunidad para que los países suramericanos restañemos las heridas abiertas por el disociador liderazgo de Chávez. También, para que dialoguemos con la cultura brasileña, con esa nación a la que le hemos dado la espalda tontamente; para que nos acerquemos a ese pueblo que ha sido capaz de endulzar los solemnes fonemas del latín con las tersas cadencias del portugués, de cambiar la trayectoria del balón con el chanfle de la “hoja seca”, de enriquecer las improvisaciones del jazz con las fugas del bossa nova, de envenenar el caminao de las latinas con el vibratto de caderas de sus garotas y de alterar la lógica de la realidad con las artes de la macumba.
