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La Novena Fiesta del Libro de Medellín me permitió la alegría de volver a ver a Juan Diego Mejía, el matemático que conduce el evento con una batuta serena y exacta.
A Elkin Restrepo, a quien debemos Odradek, una de las pocas revistas de cuento de Latinoamérica, y la muy legible Revista de la Universidad de Antioquia. A Pablo Montoya, risueño a pesar del peso del fardo de la gloria. A Gabriela Alemán, que relanzaba el clásico lírico 008 contra sancocho, publicado por una editorial independiente. A Mario Mendoza y su legión de jóvenes admiradores (“la secta satánica”, la llaman sus detractores). A Roberto Rubiano, Guillermo Martínez, Paloma Sastre, Piedad Bonnett, Luis Fernando Macías y un etcétera ilustre y campanilludo.
La de Medellín es una feria singular porque no la organizan los editores sino la gente y una municipalidad muy pila. Para comenzar, la entrada a la Fiesta de Medellín es gratuita. Para seguir, está más centrada en la promoción de la lectura que en la venta de libros. Tercero, el libro es el protagonista, pero no copa toda la escena. En el Jardín Botánico, por ejemplo, había una carpa de educación sexual. En la puerta un travesti, divino por cierto (casi lo invito a una copa), le explicaba a un grupo de personas del pueblo raso la diferencia entre género, sexo y orientación sexual, ¡y la gente le complementaba la charla con naturalidad y síntesis!
Otra diferencia clave son los escenarios. Las ferias son una especie de túneles de libros y libros y libros… La de Medellín se realiza en el bosque del Jardín Botánico, el Parque Explora, el Planetario y el Parque Carabobo. Y en las calles. Y en los hoteles. Es algo más cálido, con más integración. Es una serie de eventos culturales que giran alrededor del libro en varios espacios públicos.
Había tres muestras bibliográficas: la Iberoamericana del Libro Universitario, la del Libro Infantil y Juvenil y la de Nuevas Lecturas, todas muy bien curadas, sin rellenos ni reciclajes.
En la muestra universitaria descubrí un distribuidor excepcional, Ícaro. Tiene un librero como los de antes y mil títulos raros y espléndidos. Allí compré La historia de la escritura, de Clayton, un estudio sociológico y caligráfico de los caracteres latinos; El libro rojo de Jung, los textos esotéricos del psicólogo, y El erotismo de Bataille, en cuyo epígrafe Leonardo da Vinci se asombra del éxito del sexo a pesar de la fealdad de los genitales. Menos mal, querido Leo: ¡qué tal que fueran bonitos!
En Nuevas Lecturas entregaban kits de hardware y software para lectores con alguna discapacidad; hubo un taller de creación de memes, una conversación sobre el regreso de la sátira en la opinión pública y otra sobre lectura lenta en pantallas.
Asistí a una polémica sobre fútbol moderno versus fútbol clásico entre Ubeimar Muñoz y Jorge Barraza donde el público no parpadeó. El moderador hizo un trabajo exquisito y la charla resultó una mezcla muy bien batida de estrategia, gambeta, historia y poesía. Ubeimar pidió excusas para retirarse unos minutos antes del final porque iba para el estadio, y se le “pegaron” tres hinchas con gorras y camisetas del DIM.
En la Fiesta del 2016 se otorgará el Premio León de Greiff, ese paisa nórdico que escribió con toda la bendita lengua española, y habrá una cuarta muestra, la de Editoriales Independientes de América Latina. Sería muy lindo que para entonces una minga de los gobiernos de la región tuviera listo un catálogo de autores latinoamericanos y pusiera fin a la bochornosa situación actual: conocemos al dedillo la literatura sajona, europea y oriental, pero lo ignoramos todo sobre los libros de nuestros vecinos.
