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El niño que sabía escribir

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Julio César Londoño
15 de agosto de 2009 - 02:58 a. m.
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JUNTO CON RIMBAUD, Y QUIZÁ Keats, Truman Capote, el ápice de la literatura inglesa, es uno de los raros casos de escritores que nacen. Los demás se hacen a mano.

Comenzó a escribir a los ocho años, nos cuenta en el prefacio de Música para camaleones, y le creemos porque a los 24 años publica Otras voces, otros ámbitos, los críticos se prosternan y él se convierte en un niño terrible, el invitado central de las fiestas de aristócratas bohemios y pederastas millonarios deslumbrados por ese rubio bajito de mirada azul, voz chillona y conversación aguda.

En 1967 publica A sangre fría, crónica que le da montañas de oro y fama universal. Lo celebró en el Waldorf Astoria con una fiesta legendaria. En el centro, presidiendo la bacanal como un pájaro sagrado, Truman Capote, o el estilo.

Luego hace un crucero por el Mediterráneo con Jackie Kennedy, su inteligente amiga, esnifa con una muchacha de nombre rarísimo, Oona O’Neill, quien aún no ha caído en las garras de Charles Chaplin, llora sobre el hombro de Lee Radziwill, que aún no es princesa, y de Gloria Vanderbilt, que lo será siempre.

También tiene éxito entre los escritores. Albert Camus fue el editor de su primera novela con Gallimard; Yukio Mishima y Jean Cocteau dormían con sus libros y a veces, dicen, con el mismísimo autor. Tennessee Williams es su compañero de cacerías en bares de muchachos; Carson McCullers y Karen Blixen lo leen casi con la misma devoción con que él las lee a ellas. Trabaja duro: sexo, fiestas, viajes, escritura. Quiere dominar “un repertorio de fórmulas y alcanzar un virtuosismo técnico tan fuerte y flexible como la red de un pescador”. Este ritmo de vida requiere estimulantes sólidos, líquidos y gaseosos y él los usa todos; y muchachos, por supuesto.

Como admiraba a Proust, ese señor que no decía nada pero lo decía de una manera irrepetible, concibió la idea de hacer un libro que fuera la gran crónica de la sociedad americana y empezó a escribir Plegarias atendidas, un equivalente de En busca del tiempo perdido, el gran fresco de una sociedad rica, moderna, imperial y viciosa. Por alguna razón, la poderosa pluma de Capote vaciló y el trabajo nunca marchó a buen ritmo. Quizá algo falló en el cerebro o en su corazón. Seguro le molestaba comprobar que era un gordo viejo y que los muchachos sólo iban tras su dinero. Quizá sufría del desánimo que sufren los que alcanzan la gloria temprana. Después de la cima, ¿qué?

El libro nunca se terminó. El capítulo que publicó en Esquire, “La Cote Basque”, fue recibido con chiflidos. Es mejor que muchos clásicos, mejor que A sangre fría, cuya prosa reseca no parece suya, pero inferior a todo lo que había publicado hasta entonces.

Cuando todos pensaban que estaba acabado, escribió un libro sorprendente, Música para camaleones. Son retratos, cuentos, una novela corta, reportajes y hasta una autoentrevista. Todos magistrales. ¿Cómo pudo escribir algo así un hombre perdido en las brumas del licor y las pastillas, un señor que decía incoherencias en los estrados y tropezaba y caía y pasaba mucho tiempo en los sanatorios? Nadie se lo explica. También es incomprensible —mejor, injusto— que después de escribir tantas páginas llenas de humanidad (sus cuentos de Navidad, el retrato del abuelo, Harpas de hierba, “Una hermosa criatura”) entre el público quede una imagen suya apenas frívola y cínica. Fue frívolo, sí, y también cínico, a la manera de los moralistas irónicos, pero es injusto desconocer que el cinismo era la única manera que le quedaba a una inteligencia tan retorcida como la suya, que su obra es de una seriedad que asusta y de una belleza que ya la quisiera el mismísimo Proust.

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