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Chesterton dijo que las minas de los poetas eran la historia, la mitología, la muerte, el tiempo y el amor; pero admiraba mucho a un grupo raro: “¡Algunos encuentran poesía incluso en su propia familia!”. Tenía razón el inglés. Los grandes amigos, los amores, el erotismo, todo está en la calle. En la casa hay un amor infinito, sí, pero está como desdibujado por la cotidianidad.
Si hubiera que definirlo en una palabra, diríamos que Gabo fue el poeta de la casa. En algún momento supo que los pájaros del patio cantaban tan bien como el ruiseñor de Keats y que el cilantro no era inferior a la rosa.
El centro de gravedad de su obra es la casa; la vida está ordenada y narrada por las mujeres, y los hombres son niños soñadores y caóticos que orbitan como volador sin palo en torno a la cocina.
En el muro de su casa en Aracataca hay una frase: mi obra vacila entre la realidad y la nostalgia (algo así). Pero la “realidad” tiene más prestigio que sustancia, y apenas estamos definiendo la nostalgia: “Es la alegría de estar triste”.
La de Aracataca es una casa muy humilde. Luego habitó mansiones. Muchas. Cuernavaca, Ciudad de México, Barcelona, París, La Habana, Cartagena, Barranquilla. En Bogotá nunca se sintió muy cómodo. Bogotá lo ponía nervioso. Andaba en un Lancia Thema Turbo 1992, un sedán gris metálico blindado hasta las llantas y una camioneta llena de pistoleros atrás.
Todas sus casas estaban amobladas con una línea maniática: muebles blancos, alfombras blancas, mesas de centro grandes con tableros de cristal muy gruesos, arte moderno, equipos de sonido caros y ordenadores Macintosh.
Diseñada por Salmona, la casa de Cartagena es una precisa superposición de rectas y curvas, de volúmenes, vanos y patios levantados hacia el horizonte dentro de altos muros de color canela en la calle del Cuarto. Un policía armado protegía al pájaro papayero cuya jaula colgaba de un farol clavado al muro.
En La Habana tenía una casa en Siboney, en medio de un bosque muy bien cuidado, cerca de la playa, el barrio de los ricos y de los antiguos clubs náuticos de los años 50. Fue un regalo de Fidel, que vivía, dicen, en la vecindad.
¿Cuánta plata dejó Gabo? Nadie lo sabe, pero hay una cifra que sirve para el cálculo. Gabo compró la revista Cambio cuando Mercedes le recordó que la plata del Premio Nobel llevaba 17 años guardada en un banco. Gabo no recordaba esa plata, ¡un millón de dólares de hoy! Mercedes sí. Ella lo manejaba y lo controlaba todo. Fue por orden suya que Mario no pudo pisar nunca más las casas de Gabo.
Esta ruptura fue la tragedia íntima de la literatura latinoamericana. Mario y Gabo se amaban. Se llamaban con cualquier pretexto, solo para escucharse. Los unía una hazaña: era la primera vez en la historia de las letras que dos señores del mismo barrio daban en simultánea notas altísimas, el punto y el contrapunto de unas piezas verbales capaces de cifrar el espíritu de un continente y poner su literatura en las bocas del mundo.
Tal vez no pasó un solo día sin que se extrañaran. Creo que en los momentos más felices, de gloria pública o de composición secreta, siempre alguno se dijo: “Solo falta él para que este momento sea perfecto”. Siempre alguno pensó: “Si pudiera llamarlo para que me ayude a resolver esta maldita frase”.
El escándalo más sonado del boom, el que ocupa a los críticos y a los periodistas desde el siglo pasado, dejó heridas hondas en estos genios. La de Gabo y Mario fue otra historia de amor que terminó mal.
Fuentes: principalmente, “Perfil: el poder de García Márquez”, Jon Lee Anderson, The New Yorker, 27 de septiembre de 1999.
