El prestigio de la belleza es antiguo y perenne. El tiempo no opaca su brillo. Trasciende lo estético e invade incluso los dominios del conocimiento, la sicología y la moral. A los matemáticos los conmueven la belleza de ciertas fórmulas y de ciertas demostraciones. Tendemos a pensar que las personas bellas son inteligentes y honradas. Lo feo nos causa repelús, dispara nuestras alarmas.
En su Poética, Aristóteles sentó la regla de las tres unidades: un drama bello, dijo, debe abarcar un tiempo menor que un año, transcurrir en un mismo sitio y tratar de un solo asunto.
Óscar Wilde la consideró «una obrita perfecta de crítica literaria» porque es un libro flaco, es decir, esencial.
Vitrubio, el romano, dijo que el diseño de las casas, los muebles y los utensilios debía ser bello, firme y funcional. Hoy añadimos tres condiciones: el utensilio debe ser delgado, minimalista y muy caro.
La belleza aludía a la forma, claro, pero llevaba implícita la exigencia de que el contenido fuera noble y verdadero. Se daba por sentado que la mentira era ruin y fea.
Las cosas empiezan a cambiar en el siglo XIV, cuando Bocaccio romantiza el trabajo de los pillos y las prostitutas, y cuenta sin escandalizarse las travesuras sexuales de unas monjas. En el siglo XVI, Rabelais imagina un gigante cuya meada puede inundar un valle. La picaresca y lo grotesco entran en escena y ponen notas impúdicas y humanas en los severos ámbitos de la literatura clásica. Dos siglos después de Rabelais, Goya demostrará que solo con pinceladas grotescas puede la pintura ilustrar el horror.
La picaresca pisó «líneas rojas» y planteó interrogantes difíciles: ¿puede el arte hacer apología del crimen? O, para no sonar tan dramático: ¿el artista puede tratar con levedad sucesos inmorales? La historia enseña que cuando la moral choca con el arte, pierde; que la censura está condenada al ridículo siempre… pero, ¿puede Egon Schiele, digamos, pintar del natural una niña mal sentada? ¿Hay temas tabú, como la pederastia o los genocidios, que nadie, ni siquiera el artista, puede tratar con libertad absoluta? Estas preguntas, que ya eran complicadas hace un tiempo, son ahora, cuando pesa tanto lo políticamente correcto, mucho más difíciles. Si lo estético es por sí solo problemático, su cruce con lo ético es de una complejidad que desarma.
Tal vez el punto de quiebre más gráfico de la estética sea el poema “Una carroña”, de Baudelaire. Si la poesía se había ocupado siempre de cosas bonitas, o de cosas terribles pero con «lenguaje elevado», ¿cómo aceptar que viniera de repente este señor a describir con detalle, en lenguaje crudo, sin eufemismos, el cadáver y los gusanos y los olores de una vaca que se pudre en medio del camino?
Fue un punto de quiebre brutal. Lo bonito se fue para la porra, o al menos quedó claro que la poesía no tenía que limitarse a cantar bellas imágenes con bellas palabras. Que lo sórdido y lo nauseabundo también hacían parte de la vida, y que el arte no tenía que ignorarlos ni mirar para otro lado, como un señor distinguido y escrupuloso.
En el siglo XVIII, Manuel Kant concibió una idea estrafalaria: la belleza no está en las cosas, dijo, está en el observador. Tuvieron que pasar 200 años para que Marcel Duchamp convirtiera en performance la locura kantiana: puso un urinal en el museo y generó un cisma en las artes plásticas que desembocó años después en el arte conceptual, la corriente más fecunda de la historia del arte. La belleza de Palimpsesto, por ejemplo, la instalación de Doris Salcedo sobre los refugiados africanos que mueren cada fin de semana en el Mediterráneo, la plasticidad y la poesía con que se funden allí el significante y el significado, no sería posible sin la revolución conceptual.
¿Se puede definir la belleza? Kant lo respondió dos veces. En la primera dijo: «La belleza es una cosa que desespera». En la segunda sugirió que la belleza era un milagro que sucedía en la mirada del espectador, como vimos arriba.
La belleza literaria está casi definida en una línea de Borges: «Amanuense de los susurros ininteligibles de un dios oscuro, el poeta inventa un orden posible».
Moralmente hablando, ¿es libre el escritor, puede jugar con las cosas sagradas? Solo puedo responder desdoblando las capas que lo componen. Los personajes de las historias son absolutamente libres. Pueden ser tan ruines como los magnates y los presidentes. El narrador de la historia tiene una libertad más restringida porque tendemos a confundirlo con el autor. Y finalmente está el autor, un ciudadano que debe observar las leyes y las costumbres de su tiempo.
Nota. El primer teórico de la estética fue Pitágoras. Como buen presocrático, tenía un pie en la magia y otro en la razón, esquizofrenia que le permitió ser místico, esteta y matemático a la vez. Pitágoras midió las canciones, los edificios, las pinturas, los jarrones, las pinturas y los muchachos y llegó a la conclusión de que la belleza era una cuestión de proporciones: que el zócalo debía ocupar un tercio de la altura del edificio, que las cuerdas pulsadas sonaban bien cuando se pisaban en un punto que las dividiera en números enteros pequeños (3/4, 2/5…), que el cuadrado era el símbolo de la Justicia y que los muchachos eran engendros del Demonio para perturbar la armonía numérica del corazón del filósofo.