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El último día del verano del 347 a.C., el faraón Ptolomeo I Soter se levantó de malas pulgas, miró por la ventana la mole de Keops y rezongó: “Piedras, piedras... un día sólo serán polvo. Hay que construir algo mejor”.
Como tenía sangre griega, se le ocurrió que las ideas eran más sólidas que las piedras, empezó a rumiar los cimientos de un edificio intelectual y ese mismo día ordenó a sus ingenieros la construcción de un esbelto complejo arquitectónico —de piedra, naturalmente—.
Su sucesor, Ptolomeo II Filadelfo, contrató a las mejores mentes de Grecia y Egipto para que se pusieran al frente de una especie de centros de investigación. Luego fueron llegando, atraídos por el prestigio creciente del complejo, sabios de Roma, Persia, Arabia y la India. En su administración, crecieron el herbolario, el museo y la colección de insectos.
Su sucesor, Ptolomeo III Evergetes, amaba un objeto raro, el libro, y dedicó su vida a enriquecer la colección de manuscritos del complejo, que empezaba a ser conocida como la “Biblioteca de Alejandría”. Evergetes adquirió la biblioteca de Aristóteles y organizó equipos de eruditos y ejércitos de escribas para que ordenaran y reprodujeran los libros sagrados, la historia de las ciudades-estado, los manuales de los oficios —que estaban en verso—, las leyendas de los pueblos y los poemas heroicos y mitológicos, una suerte de narrativa de ficción. Sus emisarios viajaban por el mundo comprando libros. Los barcos que atracaban en los puertos egipcios eran revisados con esmero, pero lo que se buscaba no era contrabando sino libros, que eran confiscados y enviados a la biblioteca. Cleopatra, que era también una Ptolomeo, agregó al complejo una colección de arte compuesta por cuadros, esculturas, jarrones, joyas y tapices de Asia y África, una antología de la plástica del mundo conocido.
Cuando la colección de manuscritos ocupó una bodega más grande y desordenada que internet, Evergetes llamó al erudito griego Demetrio de Falero, le mostró con orgullo la vasta colección de rollos y le pidió que fuera el primer director de la Biblioteca de Alejandría. “He aquí la memoria de la humanidad. Le ruego que la ordene y vele por ella”, le propuso.
A Demetrio le caían mal los egipcios. Era un homosexual serio, como buen ateniense, y encontraba muy amanerados a los egipcios, con sus cuerpos depilados, los ojos delineados, la perilla engominada y fragante y sus coquetas minifaldas.
“Esta biblioteca es una memoria sin alma —dijo sin contemplaciones—. Falta Esquilo”.
Pero aceptó el cargo. Entonces el faraón lo mandó al templo de Artemisa en Atenas para que consiguiera en préstamo el ejemplar único y sagrado de Esquilo que guardaban allí en una urna en una habitación triclave. Los sacerdotes del templo quedaron sorprendidos de la audacia del faraón. “Esquilo no se presta —explicó el pontífice—. ¡No es una escalera ni una linterna!”.
Demetrio se deshizo en disculpas, se retiró avergonzado ahondándose en cóncavas zalemas, viajó a Alejandría con la mala nueva y regresó a Atenas con una oferta tentadora. “El faraón les pide perdón —no era su intención ofenderlos—, pero insiste con humildad: traigo conmigo una fianza de treinta talentos”.
El pontífice deliberó unos minutos con los sacerdotes. “Cuarenta”, dijo al fin. “Hecho”, dijo Demetrio (como nadie ignora, con cuarenta talentos de plata podían comprarse 80 caballos de carreras o 120 bailarinas nubias).
Esquilo fue escoltado hasta Alejandría por una flota de guerra egipcia y el faraón lo recibió como un dios. Acto seguido, se olvidó de los talentos y se embolsilló la obra, inaugurando así la deplorable costumbre del robo de libros.
