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Lo dijo muy claro Doña María Luisa Piraquive, pastora de la Iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional (sic), secta asociada al partido MIRA: “No deben predicar aquí los mochos, tuertos, bizcos, mudos, sarnosos, ni los enfermos de tiña, escorbuto, eccema o sabañones. No deben subir al púlpito por razones de conciencia. ¡Y de la estética! Eso queda mal”. Quizá recordó en ese momento que el partido MIRA fue uno de los promotores de la Ley Antidiscriminación, y lanzó el anatema: “Los discapacitados que se atrevan a demandarnos serán castigados por Dios”. Luego, doña Luisa explicó que “conciencia” significa “el qué dirán”.
En el video, al lado de doña Luisa aparece el senador del MIRA Carlos Alberto Baena. Luce preocupado (¡los cojos votan y diezman!), pero calla. Está hablando la mamá de la jefa, la senadora Alexandra Moreno Piraquive, la número uno del MIRA, el único partido, hay que decirlo, que tiene más líderes en la calle que en las cárceles.
Dicen que cuando la senadora vio el video, exclamó: “Menos mal que madre sólo hay una, aleluya”.
Lo peor fue que doña Luisa habló en español; si lo hubiera hecho en “lenguas”, el senador Baena no estaría haciendo cálculos funestos y la senadora Moreno no andaría explicando la relación entre la estética, la “conciencia” y los sabañones.
Pero doña Luisa no es loca ni neonazi. Es ortodoxa. Conoce las Escrituras, en especial Levítico, 21:16, donde el Espíritu prohíbe que los cojos, mancos, legañosos, corcovados o potrosos se acerquen a menos de 20 codos del altar. Si volvemos sobre la tesis de doña Luisa, es claro que un sarnoso puede estar, digamos, a 19 codos. Por lo tanto, doña Luisa es mucho más piadosa que el Espíritu. Bien vistas las cosas, es una teóloga progresista.
Codo más, codo menos, lo claro es la incompatibilidad entre el pensamiento y la fe. Es imposible ver con claridad a través de las cataratas del dogma. La religión es una traba para la inteligencia. Se puede tener genio matemático y creer en Dios, como Gauss, o físico notable y hombre piadoso, como Newton. Pero aclararemos que ellos fueron brillantes pese a sus creencias, y gracias a que esas creencias no interferían con sus profesiones. Si se hubieran tomado en serio las Escrituras, Newton no habría llegado jamás a la teoría de la gravitación ni Darwin a la teoría de la evolución. Estos tres hombres descubrieron las leyes del número y los resortes de los astros y los secretos de la vida buscando explicaciones no mágicas del número, los astros y los seres vivos.
Es imposible ser biólogo y cristiano porque si es biólogo debe rechazar la creación y si es cristiano debe rechazar la evolución. Tampoco se puede ser astrofísico y piraquivista porque entonces hay que negar el Big Bang y atenerse a los conjuros del Génesis; ni se puede ser médico y religioso porque se verá tentado a traicionar postulados humanitarios y científicos ante un caso de aborto o de eutanasia, por ejemplo, para acatar un versículo de pronto apócrifo; ni puede legislar objetivamente sobre moral o sexualidad un magistrado sesgado por los prejuicios y los tabúes. Ni podrá evitar el machismo un pueblo que reverencie los Testamentos o el Corán.
El creyente no puede reflexionar con libertad sobre ciertos problemas por la sencilla razón de que ya Alguien lo pensó todo por él. Y como ese Alguien es omnisapiente, el caso está cerrado.
Una legislación humanista debe respetar los derechos de los ateos, los creyentes, las minorías. Los ateos nunca hemos propuesto que el aborto sea obligatorio, por poner un caso. Los creyentes deben cejar en su grosera pretensión de imponernos a todos sus cosmologías.
