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«Elogio del tibio» por Andrés Cabal

Julio César Londoño

04 de abril de 2026 - 12:05 a. m.

En su Metamorfosis, Ovidio cuenta que Dédalo, antes de soltar a su hijo sobre el Mar Egeo, le advirtió que no volara muy alto para que el calor del sol no derritiera la cera, ni tan bajo que la espuma del mar le mojara las alas. Tal vez (los mitos no tienen un sentido «oficial») Dédalo quiso advertirle a Ícaro que su salvación no estaba en el cielo ni en el mar sino en el medio, en esa franja que los griegos llamaban sophrosyne (mesura) y que hoy se estigmatiza con un sustantivo descalificador: tibieza.

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¿En qué momento y por cuáles razones una zona segura se volvió despreciable? Que una temperatura se convierta en insulto es, entre todas las extravagancias del lenguaje político, la más reveladora. Llamar tibia a una persona no es solo tildarla de cobarde: es también acusarla de ubicarse en el punto donde los contrarios se tocan y se anulan. En colombiano, «no es chicha ni limoná», por lo tanto es impotable.

Aristóteles concluyó —con menos mitología y más lógica— que la virtud estaba en el justo medio de los extremos viciosos, una posición óptima en caso de duda o cuando el consenso es muy difícil. Tal vez sea esta dificultad la que nos mueve a los extremos: la vida pública es urgente, el consenso tarda mucho, ¡optemos ya por una decisión radical!

Sí, lo reconozco, hay casos donde el punto medio es inadmisible: la pederastia, el genocidio o el calentamiento global no aguantan medias tintas, lo acepto; pero descalificar la mesura porque sí (¡por mesurada!) es fanatismo puro y duro.

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Es absurdo que la mera intensidad de las posiciones políticas desplace al consenso y la cautela. Es como si la veracidad de una proposición dependiera de la temperatura con que se enuncia. La retórica contemporánea de la indignación pretende algo más: no solo quiere convencer, también pretende santificar su certeza. Quien grita muy alto termina creyendo que el volumen es un argumento. En este clima, la moderación parece sospechosa: el que no grita mis consignas es cómplice del enemigo, el que matiza es un cobarde.

La biología solo medra en la zona media. La vida no ocurre en los extremos térmicos. El frío paraliza, la ebullición destruye. Fuera del rango medio donde los procesos vitales son posibles (entre 122 y –20 grados Celsius) no hay ni siquiera putrefacción. Las proposiciones heladas no evolucionan, repiten. Salmodian. Las proposiciones airadas no argumentan, proclaman. El espacio del razonamiento genuino es siempre tibio, en el sentido cabal y despreciado del término.

La política contemporánea encontró en los extremos su retórica natural. Los mensajes que se viralizan no son los más rigurosos sino los más reduccionistas. Jürgen Habermas dedicó medio siglo a demostrar que la democracia no es un torneo de fuerzas sino un diálogo entre ciudadanos dispuestos a refutar y a ser refutados. Pero su confianza en la razón sonó ingenua. «Habermas olvida que somos ángeles caídos», decían sus detractores. La verdad es que hoy su democracia deliberativa es más necesaria que nunca. Un espacio público que permanece a temperatura de ebullición no delibera, hierve.

Hay en el extremismo mucho de irrealidad, no en el sentido de que sus proposiciones sean falsas —algunas son verificables— sino en el sentido de Juan Escoto Erígena y Bernard Shaw. Estos irlandeses afirmaban que el infierno es irreal porque es inhabitable: no hay antagonistas, todos son malvados allí, y el radical necesita adversarios radicales; la existencia del adversario es la condición del combate, y el combate es la única forma de identidad que el extremista reconoce. El fanático necesita al infiel más de lo que desearía admitir. Su identidad es negativa: «Yo no soy como él». La certeza absoluta, en este caso, es menos una convicción que una adicción: requiere dosis crecientes de antagonistas para sostener la sensación de que él sí está del lado correcto de la historia.

En alguna parte, Chesterton anotó que hay algo profundamente sospechoso en una época que confunde la temperatura de las convicciones con su veracidad. Veamos un ejemplo. Consideremos dos proposiciones: «Dios existe» y «Dios existe y quien lo dude irá al infierno». La primera solo es «verificable» por la fe. La segunda agrega a esta «verificación» una violencia que no demuestra la proposición, solo la apuntala con una amenaza. El calor retórico no funciona como prueba sino como sustituto de la prueba. Como si el agua caliente fuera más agua que la fría.

La tibieza es la única temperatura donde el pensamiento no se evapora ni se congela. Montaigne, el primer ensayista moderno, escribió sin concluir. Sus ensayos terminan donde la reflexión se detiene, no donde el argumento se cierra. La tibieza que yo defiendo no es la del indiferente ni la del cobarde, sino la del que sabe que sus opiniones son provisionales, condición que, lejos de invalidarlas, les confiere vitalidad dialéctica.

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Ícaro se ahogó por ascender muy cerca del sol. Dédalo sobrevivió porque voló en el nivel correcto... ¡pero no lo recordamos! La tibieza no le luce al héroe: es, como la duda, una virtud para seguir pensando sin quemar nada que sea imprescindible.

* Este texto es una versión casi literal de un ensayo del filósofo de la Universidad del Valle Andrés Cabal Godoy, alumno de mi taller de escritura. Lo escribió como un ejercicio del módulo de ensayo de divulgación. Va sin comillas porque lo edité por razones de espacio.

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