Para qué sirve la literatura, se preguntan los sabios hace mil años. Igual podrían preguntarse para qué sirven las flores, la geometría, Dios, las vitaminas, los niños, el matrimonio, el oro o la ONU, y las respuestas oscilarán entre el elogio más apasionado y la mueca irónica.
La literatura y en general las artes sirven para celebrar la vida o para maldecirla, dependiendo del color de la bilis del artista ese día, es decir, según los astros o los niveles de litio. Las artes responden a esas ansiedades que no pueden resolverse con plegarias ni ecuaciones. A pesar de sus poderosos recursos, las religiones y las ciencias no tienen todas las respuestas, ni formulan bien todas las preguntas, ni tocan todas las fibras del alma, esas que un verso o un arpegio pulsan para siempre. Por ejemplo: «Morir de ti, espléndida y desnuda». Por ejemplo: «Convertir el ultraje de los años en una música, un rumor y un símbolo». Por ejemplo: «Escribo para descubrir las cosas que no sabía que sabía». (El primer ejemplo es de Wally Zenner, el segundo de Borges y el último de Rosa Montero).
Cabe otra pregunta: ¿por qué enseñamos literatura? Respondo por mí: enseño literatura porque me resisto a creer que todo es enseñable –conducción, ebanistería, medicina, el beso, el piano, la rosa cromática– excepto la literatura, arte sagrado que escapa a toda pedagogía, magia verbal reservada solo a un grupo de seres tocados por la gracia. ¡Joder!
Respuesta dos: enseño literatura para aprender literatura. Los alumnos también enseñan y, si el profesor no es muy bobo, aprende. Una verdadera clase no es una comunicación jerárquica, unidireccional, magíster díxit. Es un espacio de construcción colectiva, o no es clase, es liturgia. Así como conversamos para pensar en grupo, dictamos clases de literatura para poner a prueba todas las poéticas, incluida la del profesor (en el gremio, llamamos «poéticas» las teorías de los distintos géneros literarios).
Tal vez la respuesta depende del género. Creo que escribimos ensayos para pensar por escrito y con cierto rigor esos asuntos que abordamos sin orden en la conversación. Escribimos crónicas para que la noticia no muera, para que no pierda vigencia el periódico de ayer, para leer una historia viva, actual (el periodismo es el minutero de la historia, dijo alguien). Escribimos cuentos porque es una palabra que huele a mil y una noches. Sus fábulas nos cobijan como si fueran la sombra de un árbol plantado en el centro del patio y de la infancia. Escribimos divulgación científica porque todos merecemos entender siquiera la línea gruesa de las aventuras del pensamiento, y porque la ciencia es demasiado importante para dejarla por completo en las manos de los científicos. Escribimos crítica literaria para leer con más ojos, o porque el comentario puede ser tan apasionante como los relatos, los ensayos y los poemas. Y escribimos poesía porque es un género que mantiene un delicado equilibrio entre la locura y la razón, entre la sintaxis más ortodoxa y el delirio más anárquico, entre el sonido y el sentido.
Con estas ideas en mente la poeta Betsimar Sepúlveda y yo, que me ocupo de los géneros prosaicos, hemos programado la clase virtual y gratuita que dictaremos el 17 de enero de 10 am a 12:30 pm. Aquí vamos a tararear la línea gruesa de las poéticas de los géneros y trazaremos el plan que nos permita discutir más adelante (en el taller virtual que iniciamos el 7 de febrero) la manera como se cruzan los caminos del arte con la ciencia y la filosofía, y algunos dilemas, como el pulso que sostienen con frecuencia el arte y la moral: ¿debe el arte respetar la moral de su tiempo, o siempre estará violando el canon ético y fundando nuevas éticas?
- Los interesados en la clase gratuita del 17 de enero pueden conectarse por medio de este link:
jclondono53@gmail.com