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LA LEY DE LA ENTROPÍA ES UN PRINcipio central de la ciencia moderna. La termodinámica, la física de partículas y buena parte de las especulaciones astrofísicas, giran en torno a ella.
Puesta en cristiano, la ley nos advierte que el universo tiende manera irreversible y espontánea hacia un estado de máximo desorden. Un ejemplo: es probable que un edificio colapse solo, sin intervención humana, pero la posibilidad de que esos granos de arena, cemento, ladrillos, varillas, pinturas y enchapes se agrupen por obra del azar y vuelvan a erigir el edificio, es muy cercana a cero. Otro ejemplo: la probabilidad de que las 29 letras del español se alineen por sí mismas y formen una revista como Cambio, es ínfima; pero la probabilidad de que un comité de cretinos la cierre de un plumazo es altísima.
No todo el mundo está de acuerdo sobre qué es el orden, claro. “El problema del vaso” ilustra muy bien la relatividad de este concepto. Un vaso es un conglomerado de moléculas minerales ordenadas en una estructura generalmente cilíndrica. Cuando se cae y se rompe, esas moléculas se desparraman en un reguero aleatorio de astillas. El desorden, es decir, la entropía, ha aumentado. Hasta aquí el razonamiento ortodoxo. Pero “los estetas”, una de las más vigorosas ramas de la disidencia, alegan que el desorden es un concepto subjetivo y que el reguero de astillas bien puede configurar un conjunto más estético que el manido e incólume vaso inicial. Por lo tanto, el desorden, y con él la entropía, han disminuido.
Otros disidentes, “los vitalistas”, afirman que la reproducción de las especies es un fenómeno espontáneo que viola la ley de la entropía porque toma elementos dispersos en la naturaleza, y forma con ellos esas criaturas altamente organizadas, los animales y los vegetales.
Pese a estas sagaces argumentaciones, la validez de la maldición entrópica en el campo de las ciencias exactas es incuestionable, e incluso rige a veces en las ciencias humanas. Veamos dos ejemplos de su aplicación a las ciencias sociales.
Ejemplo 1: de acuerdo con un refrán famoso, cuando una zorra entra a un convento, es más probable que las monjas se vuelvan zorras, que la zorra se vuelva monja. (O ley de entropía aplicada a la termodinámica de los conventos).
Ejemplo 2: el señor A, un atleta que sopla basuco en sus ratos libres, entabla amistad con el señor B, virtuoso pero sedentario. La probabilidad de que el señor B termine soplando es 17 veces mayor que la probabilidad de que se vuelva atleta.
En política, la entropía explica la inutilidad de las buenas intenciones: para luchar contra las Farc, la sociedad colombiana se inventó las Auc, un “cabezazo” que multiplicó hasta el delirio nuestros problemas; para combatir la corrupción, los gobiernos aumentan el número de los organismos de control (es decir, introducen monjas en el sistema). Pero la medida sólo encarece “la mordida”, hecho que desestimula la inversión, dispara la corrupción y la miseria, y la entropía (el desorden) triunfa una vez más.
Ella es la responsable de que los documentos se traspapelen, que las casas se ensucien solas, que los bares tengan más clientes que los gimnasios, que los prados se enmalecen, que la fruta buena no sane la mala, que el zar anticorrupción se ‘tuerza’, que los presidentes se atornillen, que las muchachas se engorden, que Cambio desaparezca, que la energía se degrade y que el universo todo vuelva un día al oscuro vórtice de donde salió: al caos total.
Para los físicos más descreídos, la entropía es otra prueba de la imprevisión de Dios, de sus deslices termodinámicos. Para los físicos piadosos, en cambio, esa tendencia es un mecanismo de control con el que la divinidad destruye los universos que le resultan chuecos, como éste.
