Hay dos niveles intelectuales que siempre nos han maravillado, la inteligencia y la genialidad. El misterio de la inteligencia está resuelto; incluso tenemos su “fórmula”, identificados sus cómplices: actitudes flexibles, la gracia de la pasión, sentido del humor, de la ironía y de la oportunidad, capacidad de síntesis y de trabajo, dominio del arte de la conjetura, olfato para descubrir patrones en series de sucesos muy disímiles y diferencias en conjuntos casi idénticos; y lo más delicado: habilidad para combinar modelos racionales, soluciones paradójicas y revelaciones intuitivas.
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El genio, en cambio, es un engendro refractario al análisis. En la Antigüedad las obras del genio causaban tanto asombro que la única manera de explicarlas era postulando la intervención de entidades sobrenaturales. Los griegos tenían divinidades especializadas en las diversas artes. “Canta, oh musa, la cólera del pélida Aquiles”, reza la primera línea de la Ilíada. Para Sócrates, era clarísimo que la inspiración obedecía al soplo de un demonio que despertaba ese horrendo poder del abismo de la mente, el genio (soplo, aliento; en griego “pneuma”, inspiración. “Sóplame”, le rogábamos al nerdo en los exámenes. Soplando, Dios animó un puñado de barro rojo). Los estoicos tenían un “logos”, una potencia que la cristiandad llamará el Verbo y que en latín se dirá espíritu.
En el Bajo Medioevo las cosas cambian. Los dioses pierden terreno (o inspiración) y hombres y mujeres empiezan a ser responsables de sus errores y acreedores de sus méritos. Nace el individuo: hasta entonces solo había grey, siervos, rebaños, engranajes sociales, y las pocas personas que gozaban de cierta individualidad eran apenas amanuenses de las musas, como los artistas y los historiadores, o médiums de los dioses, como las sibilas y los sacerdotes, o directamente hijos de los dioses, como los héroes y los reyes.
Los cruzados traen de Oriente la Virgen María, la mujer cobra estatus social y nace el “amor cortés”. Nacen también la moda y la banca, el templo del nuevo dios; la fe es la primera virtud teologal: ahora el creyente tiene una relación personal con la divinidad. De la suma de los saberes empíricos de los gremios y del método de las escuelas catedralicias católicas (o de las madrasas musulmanas) surgen las primeras universidades en el norte de África y en el sur de Europa. Retomando el viejo espíritu de los presocráticos, el hombre traza una cosmología no mágica, un mapa racional del mundo. Resurge el arte del retrato, desparecido desde el siglo II, se inventa el género de la biografía y los artistas empiezan a firmar sus obras. Poco después, el Renacimiento acuña la palabra genio.
En adelante, los genios serán los dioses, el soplo.
Cuando un hombre es muy aplicado y memorioso, lo llamamos erudito. Si además puede acuñar algunos aforismos sensatos o cínicos, es un sabio. Si crea obras meritorias, es un maestro. Solo si es capaz de humillar al erudito, al sabio y al maestro, alcanza el título de genio, un monstruo capaz de unificar campos y explicarlo todo en una ecuación simple, o revolcar la poética, o estrujarnos el alma con tres acordes definitivos. Es un semidivino que nos conoce a todos, como Gabo; un vórtice capaz de alinear los astros con una mano mientras que inventa el cálculo con la otra, como Newton.
Usted dirá que balbuceo, que esto no es una definición aceptable de genio ni de nada, que me fui por las ramas y ni siquiera arañé el secreto. Tiene razón, pero la culpa no es enteramente mía. Quizá el problema radica en que “genio” no es un vocablo preciso, solo una interjección de asombro.