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26 Nov 2022 - 5:30 a. m.

Historia de la ventana

La palabra ventana viene de viento. Su función es permitir la entrada del aire y la luz a la casa. El origen de la ventana se pierde en la remota grieta de una caverna, reaparece en un roto accidental en la piel de la carpa y se normaliza en esa interrupción rectangular de la pared, la ventana propiamente dicha. Estos rectángulos fueron cubiertos al principio por pequeños batientes de madera. En el siglo I, los romanos los cubrieron con una materia invisible y novedosa: láminas de cristal pegadas con plomo a un marco metálico. En el siglo XIII la ventana romana adquiere proporciones monumentales y se llena de color y subtítulos: los vitrales de las iglesias hablan de Dios y se anticipan al cine.

La historia del tramo americano de la ventana es femenina, por supuesto. Las primeras fachadas de las casas españolas en América eran «ciegas», carecían de ventanas (el que la debe la teme). La luz y el aire entraban por el patio interior. En torno al patio estaban las habitaciones.

Hacia el final de la Conquista (1550) llegaron las primeras señoras españolas y encontraron desastroso el diseño. Las habitaciones son muy oscuras y huelen a “guardao”, hay que abrir ventanas, exigieron. Así aparecieron en América las ventanas que miran al patio interior (es por una de estas ventanas que Efraín descubre los pies de María, descalza en el patio, y queda perturbado para siempre. Es el primer registro en la novela americana del voyerismo, ese arte geométrico que descubre la recta que une tres puntos: el ojo, la rendija y ella).

Pero las señoras no quedaron satisfechas: las habitaciones seguían siendo oscuras porque el “vuelo” del techo sobre los corredores que rodeaban el patio era muy largo. Ellas querían ventanas a la calle, por donde entraría más luz porque los aleros eran cortos, como en España. Pero los hombres se opusieron radicalmente. ¡Cómo iban a abrir boquetes hacia callejuelas atestadas de indios y negros! Era una locura. ¡Por allí podían entrar miradas, humores, pestes, manos, cerbatanas y hasta hombres enteros! La idea era tan peligrosa que parecía indígena. La respuesta fue un rotundo no.

Pero las señoras insistieron durante cinco décadas y hacia 1700 aparecieron en las fachadas unos pequeños vanos rectangulares pegados al cielorraso. Tenían un codo de longitud y un adobe de altura.

Estas rendijas fueron ganando “luz” hasta cuando fueron tan amplias que hubo necesidad de enrejarlas. Pero seguían siendo unos ventanucos muy altos. Durante muchas lunas las señoras los miraron con tanto fervor que los fueron bajando, bajando, bajando hasta que los pusieron en la estética y funcional altura donde los encontramos hoy.

Las rejas seguían siendo planas, como siempre, y pegadas a la pared, factores que limitaban la visibilidad lateral de las señoras. Pero bastaron unos pocos años para que los barrotes cedieran al empuje de los pechos y de la curiosidad y adoptaran formas de mujer. “Pecho de paloma”, se llama aún hoy esta reja abombada.

Nota. Debido a la costumbre de sentarse en el suelo, las ventanas de los árabes y los japoneses arrancan desde la línea del zócalo, me explica el arquitecto Benjamín Barney.

Conclusiones. La ventana no es solo la puerta de entrada del viento y el sol; tiene una función secreta: es un invento de las mujeres para mirar a través de las paredes.

También es marco de postales clásicas: sirve para que un viejo se acode en el alféizar, al caer la tarde, entre un gato y un geranio; para que un trío rasgue allí un madrigal, o para que una muchacha burle el encierro con un beso estrecho.

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