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Historia rápida de la lectura incrúspida

Julio César Londoño

19 de febrero de 2010 - 09:42 p. m.

EL ÚLTIMO ACONTECIMIENTO EN LA evolución de la lectura es la aparición del link, ese vínculo que subvierte el orden clásico de la lectura para convertirla en un frenético “hojear” de pantallas, en algo tan aleatorio como el zapping del televidente ocioso.

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Puede ser, pero ¿quién no ha hojeado con placer libros y revistas? ¿Cuántos pasajes insufribles nos hemos ahorrado mediante la técnica del salteo? “Linkeando” también se llega a Roma y el zapping nos regala de tarde en tarde sorpresas maravillosas. Ahora, la manera como la aparición del link modificará la lectura y las narrativas escritas y audiovisuales en los próximos decenios, es un asunto de difícil pronóstico.

Pero antes del link hubo sucesos más apasionantes. Por ejemplo la imprenta de tipos móviles de Gutenberg, grabador y tallista de piedras preciosas, es considerada un invento central en la historia de la civilización, porque redujo mil veces el precio de los libros, que eran carísimos. En los tiempos de Julio César, demos por caso, un libro podía ser tan costoso como tres caballos de carreras o una bailarina nubia (G. B. Shaw, César y Cleopatra).

Otro hito clave en la historia de la lectura ocurrió en el siglo IV y fue la invención de la lectura silente. El momento exacto está registrado en el Libro VI de las Confesiones de San Agustín, donde el santo cuenta su pasmo cuando sorprendió a San Ambrosio recorriendo un libro con los ojos “sin proferir palabra ni mover la lengua”. Hasta entonces los libros se leían en público en voz alta. Para Borges, este hecho marcó el inicio del proceso que terminaría con el predominio de la palabra escrita sobre el discurso oral.

Por la misma época se consolidaba un nuevo formato, el paralelepípedo. Recordemos que al principio el libro fue plano, como el mundo. Primero fueron unos caracteres como huellas de pájaro en tablillas de arcilla cocidas por el sol de Babilonia (de aquí el término “ladrillo” para designar libros pesados y oscuros, asegura Eduardo Escobar). Luego vinieron el papiro y el pergamino. Luego el plano se enrolló y adquirió volumen, palabra que aún conservamos. En los primeros siglos de esta era la gente se cansó de los rollos, un formato incómodo para las consultas y las referencias, y empezó a arrumar folios y a coserlos. Hacia el año 400 d. C., el códice (código, libro, paralelepípedo) había desplazado por completo el rollo.

(La verdad es que el rollo aún patalea: en las pantallas no pasamos páginas de derecha a izquierda, como en los libros; las desenrollamos de arriba abajo, como en los viejos rollos).

Los signos de puntuación aparecieron hacia el 200 a. C., cuando los inventaron Aristófanes de Bizancio y otros gramáticos de la Biblioteca de Alejandría para pausar las copias a renglón seguido de los cantos homéricos ordenadas por el tirano ateniense Pisístrato hacia el 550 a. C. Los puntos, pues, son la traducción gráfica de la respiración de Homero.

Hartos del primitivismo pictográfico egipcio y de los prolijos silabarios que lo sucedieron, los sumerios inventaron en el cuarto milenio a. C. la escritura fonética. ¡Eran signos que sonaban! Un signo para cada fonema. Es difícil imaginar un instrumento más simple, bello y crucial que un garabato cuneiforme.

Los egipcios eran muy primitivos, es verdad, pero hubo uno de ellos que fue, además, perezoso. Este escriba sin rostro inventó la metáfora un día que del faraón apenas dibujó el cetro, de la paloma una pata y del círculo el punto. Así, una cosa podía significar otra y el lenguaje adquirió de pronto una potencia extraordinaria.

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P.S.: A las 6:30 p.m. del miércoles lanzo el libro del taller de escritura que auspician Mincultura y la Biblioteca Departamental del Valle (auditorio 2). Serán los padrinos Fernando Cruz Kronfly y Alberto Rodríguez.

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