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Historias dibujadas en la cabeza de un alfiler

Julio César Londoño

07 de julio de 2023 - 09:05 p. m.

El minicuento es un género muy difícil, dicen los amantes de las obviedades y de las definiciones fáciles. Los críticos serios hacen mejores propuestas: el minicuento es el haikú de la narrativa, dijo Rómulo Bustos, un dandy propenso a los símiles. Es una adivinanza que toma los recursos y la estructura del relato, descubrió Betsimar Sepúlveda. Oscila entre la adivinanza y la fábula, pero evita las moralejas, dice Horacio Benavides.

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En realidad el minicuento es un cuento hecho y derecho, es decir, una forma sintética cuyo protagonista es el argumento y su alma la tensión. Tiene inicio y nudo, como cualquier cuento, pero el desenlace, que debe ser ingenioso, se produce en la cabeza del lector, como en este ejemplo gótico de Ramón Gómez de la Serna: “El crimen del palacio habría quedado envuelto en el misterio para siempre si la fuente del jardín no hubiera arrojado agua muerta y sanguinolenta”.

O como en un minitango argentino que parece del norteamericano Poe pero es del mexicano Juan José Arreola: “La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones”.

O como esa “singularidad desnuda” que un burletero llamó el big bang: un estremecimiento de la nada en ninguna parte, quizá en t = 0, y del cual brotaron los cuatro bosones y los 12 fermiones que inventaron el hidrógeno, las estrellas, las piedras, las flores y los pájaros.

Para completar las 600 palabras que este diario exige y ganar el pan de manera honrada, escribí cuatro “textículos”, como los llamó un crítico graciosillo.

El cocinero entró al estudio del rabino muy agitado. “Señor, el salmón de la cena está gritando obscenidades en el caldero. Parecen maldiciones apocalípticas o preceptos levíticos”.

El rabino corrió a la cocina y escuchó el burbujeante discurso del salmón. “Son solo versiones chapuceras de algunos versículos de Pablo mezclados con recetas kosher”, comentó decepcionado.

Al alba del día 41 salió el sol y Dios vio con estupor la tierra anegada. Cadáveres de vacas, perros, hombres, mujeres, ancianos y niños flotaban sobre las aguas. Justos y pecadores flotaban. Algo vaciló en la soledad del buen Dios porque ese mismo día prometió no volver a enviar sobre sus criaturas un castigo tan indiscriminado y severo. En prueba de su palabra, trazó en el cielo su rúbrica: el Arco de la Alianza.

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Así vio la luz el primer arcoíris. Los que vemos hoy son firmas apócrifas: las dibujan la lluvia y el sol a espaldas de Dios y del ojo animal.

Mi abuelo la vio una vez en un puerto del Perú, donde ella se ganaba la vida vendiendo dulces en la calle. Era apenas una sombra, un temblor, casi nada. Los marineros escuchaban con sonrisa indulgente sus historias de tiempos gloriosos, cuando era una hermosa guerrera y en sus brazos desfallecía de amor el Libertador de América. “Manuelita, la de los dulces”, la llamaban.

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Un borracho se tropezó con Dios en la calle pero no lo reconoció. Solo quería conversar. “Amigo, ¿crees tú en Dios?”.

Dios no supo qué responder y conoció la duda: creerse Dios era una soberbia que ya le había costado cara una vez, y negar su existencia era una herejía impensable. Al rato (ya el borracho se había marchado) murmuró: “Si creyera en mí cometería un pecado imperdonable, la egolatría”.

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Desde entonces Dios habita entre los hombres. Perdió los poderes y cayó en desgracia ante el Espíritu por el crimen de la duda, única debilidad prohibida a los dioses porque de ella se nutren la ciencia y las fuerzas del Mal.

P. S. El lector puntilloso dirá que esto es puro realismo, jamás cuentos, y que tampoco son crónicas en sentido estricto porque están manchadas con especulaciones metafísicas. Tiene razón, pero es lo que hay.

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