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La ciudad no es un accidente geográfico. Una montaña puede surgir del choque de dos placas tectónicas; un río nace de la lluvia y de la pendiente; un bosque brota cuando coinciden la humedad y la luz. La ciudad, en cambio, sólo aparece cuando una comunidad decide permanecer. Es la naturaleza corregida por la imaginación. Allí donde la costumbre trazó un sendero, la diligencia puso losas y nació la vía; donde un manantial brotó de la roca, nuestros antepasados, llenos de asombro, levantaron un templo. El punto del comercio y la conversación fue plaza pública.
¿Qué fue primero, la ciudad o la agricultura? Durante mucho tiempo se pensó que la agricultura fue primero, porque era más sencilla que la ciudad, y pensamos que la ciudad brotó del surco, como un fruto exótico e inesperado, hace unos doce mil años, cuando varios pueblos del Medio Oriente domesticaron cereales y animales. El trigo, la cebada, las cabras y las ovejas aseguraron una provisión estable de alimentos. Nuestros abuelos nómadas dejaron de seguir las migraciones de las presas, se volvieron sedentarios y acamparon junto a sus cultivos. Del campamento nació la aldea; de la aldea, el pueblo; del pueblo, la ciudad. El relato era tan convincente que durante mucho tiempo nadie lo discutió.
Pero la historia no es tan ordenada como los libros de historia. El «desorden» vino con la exhumación de los monumentos de Göbekli Tepe, al sur de Turquía, en 1994. Allí, 11.500 años atrás, mucho antes de las grandes ciudades mesopotámicas, los arquitectos y los escultores de la región levantaron enormes recintos circulares, tallaron pilares altísimos de 50 toneladas y los cubrieron con relieves de animales.
Es evidente que todo esto exigió una gran organización social, el trabajo coordinado durante años de los centenares de personas que transportaron y labraron esas moles de piedra. Sin embargo, quienes realizaron semejante empresa todavía vivían principalmente de la caza y la recolección. Pero, si aquellas comunidades aún no tenían una agricultura desarrollada, ¿cómo alimentaron a sus obreros? ¿Qué autoridad o qué cosmología los movió a trabajar en un proyecto que no producía alimentos? ¿Ya éramos entonces un homo simbólico?
Quizá la respuesta esté en la religión, y la voluntad de reunirse para celebrar ceremonias colectivas haya impulsado la necesidad de producir más alimentos. Tal vez el templo precedió al granero. La idea parece contraintuitiva, pero sirve para construir una respuesta posible al dilema inicial. ¿Qué fue primero? Cuando miles de personas se reúnen periódicamente en un mismo lugar, necesitan abastecerse. Hay que almacenar comida, distribuirla, conservar semillas, prever las estaciones. El ritual del culto pudo crear las condiciones para que la agricultura dejara de ser una actividad ocasional y se estableciera como un oficio permanente.
Tal vez el cultivo y la plegaria fueron operaciones simultáneas y concomitantes que coadyuvaron a la aparición de la ciudad, ese perímetro de signos y símbolos, de leyes y trampas, de fuentes, cloacas y jardines, esa fábrica que nos definió como como ciudadanos, habitantes de la polis, sujetos políticos.
Y como es una creación humana, es contradictoria y paradojal. La ciudad es el agujero donde nuestro cerebro reptiliano desova y empolla sus peores miserias y, al tiempo, el crisol donde el mamífero humano forja sus mejores productos. En las ciudades se urden la filosofía y la demagogia, la democracia y la tiranía, la universidad y el fanatismo, la biblioteca y la censura, el hospital y la peste, la banca y la usura.
La ciudad multiplica las posibilidades humanas porque propicia los encuentros. La proximidad crea cooperación, pero también conflicto. Ningún bosque producirá tantos genios como una gran ciudad; claro, ningún bosque produjo nunca tantos verdugos.
Cada gran ciudad tiene un carácter particular y ha profesado una concepción del mundo propia. Uruk creyó en el signo, Atenas en el ciudadano, Roma en el derecho, Jerusalén en la trascendencia, Florencia en el arte, Tenochtitlán en el comercio, Cuzco en la equidad, París en la razón, Amsterdam en la banca, Nueva York en la oportunidad. Cada ciudad propone una respuesta distinta a la misma pregunta: ¿cuál es la fórmula para vivir juntos de manera armónica? Si miramos hacia el pasado, comprobamos que hoy somos menos bárbaros, mejores ciudadanos. Si abrimos los diarios, vemos que aún nos falta mucho camino por recorrer.
La ciudad ha sido la matriz del ser humano social. En el curso de este siglo sabremos si la ciudad seguirá siendo la cuna de la vida y del pensamiento o su tumba final.
