Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
"Según dice Estrabón, De situ Orbis, primero escribieron los hombres en ceniza, después en hojas de laurel, después en planchas de plomo y después en pergamino y lo último vinieron a escribir en papel.
Es también de saber que en las piedras escribían con hierro, en las hojas con pinceles, en la ceniza con los dedos, en las cortezas con cuchillos, en el pergamino con cañas y en el papel con péñolas. La tinta con que escribieron los antiguos fue la primera de un pece que se llamaba jibia, después la hicieron de sumo zarzas, después de hollín de humo, después de bermellón, después de cardenillo y al fin la inventaron de grana, agallas, caparrosa y vino”. (Antonio de Guevara, Epístolas familiares).
“Los antiguos, cuando aún no se había inventado el papel, para escribir sobre cortezas de árboles o sobre tablillas bañadas de cera, se servían de un punzón de hierro que llamaban estilo”. (Ignacio de Luzán, Poesías).
Jesús hizo algo insólito: escribió algo con los dedos una tarde en la arena de la playa del mar de Galilea. Pero lo más insólito es que nadie recuerda qué decía allí. “Es un gran erudito —decían los rabinos con pesadumbre—, lástima que no publica”.
La escritura “moderna” comienza con los rollos griegos y romanos de papiro o pergamino. Para fabricar papiro se ponía, sobre una capa de tiras verticales del tallo de esta planta, una capa de tiras horizontales, se las presionaba con un rodillo, la savia que soltaban las tiras servía como pegamento natural y luego se unían las hojas con un traslape de un centímetro para formar tiras hasta de 40 metros. Estas tiras se alisaban con una piedra abrasiva y se pulían frotándolas con un hueso de marfil. Cuando la tira se enrollaba adquiría volumen (de aquí viene el vocablo). En los extremos del rollo se ponían barras de madera. La barra que quedaba en el centro del rollo se llamaba umbilicus, ombligo. En un extremo del ombligo se ataba el syllabus, lista, una etiqueta que resumía el contenido del rollo (la idea de poner título a los libros vino después). El texto se escribía en columnas. La longitud de la línea variaba; los discursos se escribían en líneas más cortas. Los rollos tenían márgenes amplios arriba y abajo, las zonas más expuestas a rupturas.
Las bibliotecas romanas tenían dos secciones, una para los libros griegos y otra para los latinos. Roma llegó a tener 29 bibliotecas públicas. La más importante fue la de Trajano (r. 98-117), que remodeló el foro anexándole un centro comercial de seis plantas, un mercado, una gran sala de audiencias, 14 tribunales y una biblioteca diseñada por su arquitecto Apolodoro de Damasco. Estaba alejada del complejo y tenía un patio en cuyo centro había una columna, en forma de rollo, destinada a guardar las cenizas del emperador. En la base, a modo de syllabus de marfil, había una tablilla que recordaba el nombre y los triunfos de Trajano.
También fue suya la idea de dotar de bibliotecas los baños públicos, transformados así en complejos bohemios con restaurantes, tiendas, gimnasios, auditorios y jardines: los centros de ocio del Bajo Imperio.
En el siglo I d. C. aparece el libro en su paralelepípeda forma actual: hojas cortadas y encuadernadas, pero este formato sólo será popular desde el siglo IV. También es de este siglo la lectura “sin mover los labios ni la lengua”, como cuenta un perplejo san Agustín que leía san Ambrosio.
Desde entonces, el libro es un objeto amado, temido y despreciado. Cuando Teodoto le avisa que está ardiendo la Biblioteca de Alejandría, “la memoria de la humanidad”, Julio César, harto de gloria y traiciones, le contesta: Déjala que arda, es una memoria de infamias. (G. B. Shaw, César Cleopatra).
