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La Iglesia y la santa

Julio César Londoño

14 de marzo de 2026 - 12:05 a. m.
“Como Dios es una potencia improbable mas no imposible, no podemos descartar que Él exista y se comunique con algunas”: Julio César Londoño
Foto: EFE - LUIS GANDARILLAS
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Según Guy Bechtel (Las cuatro mujeres de Dios: la puta, la bruja, la santa y la tonta) la santa fue siempre la favorita de la Iglesia. Las santas eran mujeres piadosas, ricas e ilustradas. Había millones de mujeres piadosas, sí, pero solo eran visibles las cultivadas, y los únicos lugares donde había libros y cierta libertad para cultivarse eran los conventos, que eran sitios carísimos.

Todas las santas tenían estigmas (heridas físicas) y hablaban con Dios.

Como Dios es una potencia improbable mas no imposible, no podemos descartar que Él exista y se comunique con algunas elegidas y les provoque estados de éxtasis, trances piadosos, sensaciones muy semejantes a las del placer erótico, como en esta visión de santa Teresa de Ávila.

Veía un ángel junto a mí / tenía en la mano un dardo de oro / y en la punta fuego había. / Me lo clavó en el corazón / me llegó hasta las entrañas. / Cuando lo sacó / quedé toda abrasada / en el amor de Dios.

La poesía mística medieval es femenina y tiene claves definidas: Amor significa Dios; la boca, los besos y los abrazos son imágenes de fusión con la divinidad (también símbolos de la fe), la voz lírica está siempre herida de Amor, y la herida es dolorosa y dulce a la vez.

La Iglesia toleraba estas poetas a regañadientes: había demasiado fuego en sus versos, hablaban directamente con Dios y hasta contradecían la doctrina. Por esto, muchas santas fueron acusadas de herejía y concupiscencia y terminaron en la hoguera. «El fuego apaga el fuego», repetía el verdugo eclesial cuando atizaba las llamas.

En el púlpito, el teólogo utilizaba el vocablo vulgar: lujuria. En los debates decía concupiscencia, un vocablo aséptico.

Los estigmas eran un sello de santidad. Aparecían, como los de Jesús, en el empeine del pie, las palmas de las manos y los costados del tórax. Empezaron con Francisco de Asís, el único cristiano auténtico de la historia, el más manso de los hombres... aunque Roma veía notas de soberbia en la manera como exhibía su pobreza. El papa Bergoglio imitó estas poses con una modestia francamente argentina.

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«Roma clasificaba sus pupilas así: en primer lugar las santas reconocidas y canonizadas, en segundo lugar las bienaventuradas o beatas (de beatus, feliz), después el grupo de religiosas nobles, a las que ofrecía un ascenso en la Tierra, la dirección de un monasterio, por ejemplo, ya que no podía garantizarles una recompensa en el cielo y, por último las descalificadas, novicias que se aburrían en los conventos, protagonizaban algún escándalo y eran expulsadas por insumisión, herejía o posesión demoníaca», dice Bechtel.

Además de los estigmas, las santas practicaban otras formas de martirio: el ayuno, la castidad y los rituales escatológicos, tomado aquí el término en el sentido de suciedades o secreciones. Madame Guyón (1648-1717) por ejemplo, lamía los esputos de la calle; santa Catalina de Siena (1347-1380) juró que había bebido la sangre de Cristo directamente de sus costados y la pus de las llagas de los leprosos.

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En medio de estas extravagancias, las santas hacían obras magníficas, por supuesto, o fueron ellas mismas una gran obra. Miremos cuatro casos notables.

María Magdalena pertenece al cristianismo primitivo, cuando las santas no eran tan locas como las medievales o las modernas. Hay varias Magdalenas, la de Margarita Yourcenar es preciosa:

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María Magdalena nació en Magdala, Galilea, en el hogar de una señora que tenía tierras y un señor que tenía viñas. Odiaba a Jesús porque le había robado el amor de Juan el Bautista, y porque no puso sobre ella las manos que hicieron el sol y las estrellas. Tampoco le perdonó la macabra broma de «morir» en la cruz, ni la breve alegría de la resurrección, ni su cobarde huida al cielo, y escupió su epitafio: «Él no me salvó de la muerte ni del mal ni del crimen, solo me salvó de la felicidad».

Una de las santas más destacadas del cristianismo medieval es Hildegarda de Bingen (1098-1179). Tuvo visiones desde los tres años, la encerraron en un convento renano a los ocho y vivió hasta los 81. Fue una abadesa benedictina y polímata alemana, compositora musical, escritora, filósofa, naturalista, médica, mística, profetisa y líder monacal.

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Fue la primera en describir el orgasmo femenino e inventó la fórmula de la cerveza que se bebe hoy en día: cebada más flor de lúpulo. Escribió el Libro de las sutilezas de las criaturas divinas, donde se ocupó de todo: del hombre, la mujer, las plantas, las piedras, los metales… (Bechtel).

En una asamblea pública llamó «ave de rapiña al arzobispo de Colonia», una declaración que cayó muy mal en el aristocrático clero alemán. No la quemaron porque era muy influyente, pero sus obras fueron incluidas en el Index librorum prohibitorum y su canonización fue postergada ocho siglos, hasta 2012, cuando Benedicto XVI la declaró «santa y doctora», una de las cuatro doctoras de la Iglesia, junto con santa Teresa de Ávila, santa Catalina de Siena y santa Teresa de Lisieux.

Juana de Arco era una niña cuando oyó unas voces que le ordenaron salvar a Francia. Entonces se vistió de hombre y lideró al ejército francés que derrotó a los ingleses en una batalla clave de la Guerra de los Cien Años. En recompensa, un tribunal de clérigos franceses, colaboracionista de Inglaterra, la acusó de brujería y del «pecado mudo» (la palabra lesbianismo no había sido acuñada aún) y fue quemada en una hoguera en Ruan en 1431 a los 19 años de edad.

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La historia obedeció a una niña campesina, dijo Mark Twain, porque era un genio de la estrategia y su fe era firme, casi mineral.

La santa sublime de la Iglesia, quizá de Occidente, es la Virgen María. La trajeron los cruzados a Europa en el siglo XII y todo cambió. Después de siglos de dioses severos en el cielo y patriarcas mandones en la tierra, había por fin una diosa. Era dulce, bella, de la casa. El continente se llenó de catedrales a «Nuestra Señora» y empezó «la revolución del amor».

La mujer fue idealizada, inspiró bailes y castillos, nació el «amor cortés», el cruzado marchaba a la guerra con un mechón de su amada en el relicario y un pañuelo suyo bajo la cota de malla, y regresaba con un madrigal en los labios. Los cantares de gesta se mezclaron con las trovas románticas, floreció una literatura galante superior a la de Roma y aparecieron cintas en los trajes de los hombres y encajes en los vestidos de las mujeres del pueblo. Nada fue igual después de María.

Cioran resumió así el delirio de las santas: las místicas extáticas desviaron al cielo una pasión terrena. El resultado fue el vértigo de la pureza girando en la tempestad de la carne.

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Para Bechtel, la santa es una suma paradojal: la Iglesia la venera pero también la cela porque habla con Dios. Es la mujer que triunfa siendo no-mujer, y encuentra el placer en la renuncia y el dolor.

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