ES VERDAD QUE EN LA LISTA DE LOS autores pedantes George Steiner ocupa un lugar prominente, por encima incluso de Orlando Mejía Rivera, pero no es menos cierto que tiene razones para ufanarse.
Domina varias lenguas gracias a su origen (nació en París de padres judíos de nacionalidad austriaca) y a su educación cosmopolita. Ha sido profesor de las más grandes universidades del mundo, ha dictado conferencias en los cinco continentes y ejerce un magisterio tan acatado como el de Jorge Luis Borges, François Jacob, Harold Bloom o Umberto Eco.
Este magisterio, hay que aclararlo, trasciende lo meramente literario porque sus ensayos críticos involucran contextos muy amplios: la religión, el sexo, la política, la ciencia, el arte… Steiner es capaz de saltar, sin despeinarse, de Pitágoras a Gödel, de Súmer a Google, de Shakespeare a Madonna… Él explica estas fantásticas cabriolas diciendo que es “un profesor de literatura comparada que trabaja en la interfaz de la filosofía y la poética”.
En un libro reciente, Los libros que nunca he escrito (FCE, México, 2008), nos sorprendió con una cosa inédita, su humildad. En la página 146, por ejemplo, llama a Umberto Eco “el sumo sacerdote de la crítica” y añade que “me permitió trabajar en su país con un amistoso gruñido”. En la página 68 hace una cita tremenda: “No basta con triunfar, es necesario ver fracasar a alguien, ojalá a un amigo. Que niegue esta molesta verdad quien se atreva. Los campeones de ajedrez son francos: el sabor del triunfo es inseparable del placer de la humillación que se le inflige al derrotado”.
En la página 69 lamenta el papel segundón del crítico: “Por el estilo de su prosa y sus propuestas innovadoras, algunos críticos han sido incluidos en la literatura misma. Pero sigue en pie el hecho fundamental: años luz separan el poema o la ficción imperecederos del mejor discurso crítico”. Es un lugar común. Una ideíta que han formulado ya centenares de autores, ¡pero que la repita Steiner da para primera plana!
En el capítulo titulado Invidia confiesa sentimientos que no había confesado nunca: “En el Instituto de Princeton, la casa de Einstein y de Gödel, y luego en Harvard y en Cambridge, he sentido de cerca el olor de la gloria. Dos veces he oído que llamaban de Estocolmo en el despacho de al lado. Y he sido invitado a participar en las celebraciones de esa tarde. Y hasta me he sentido parte del equipo como crítico o publicista. Es un privilegio, sí, pero también es algo subordinado, auxiliar”.
Al final del libro, ya liquidados los monstruos interiores, la emprende contra su gran rival, Dios (como quien dice, de Potencia a Potencia): “Lo que he llegado a sentir con una convincente intensidad es la ausencia de Dios. El vacío que yo siento tiene un poder enorme. Reduce mi temor a la existencia y excusa mis lamentables intentos de conceptuar la muerte en los confines de mi mente y mi conciencia: un espacio muy pequeño. Pero este sentimiento no me deja farolear. Se relaciona con la tristeza, con el abismo que hay en el centro mismo del amor”.
En otros libros Steiner había logrado sorprendernos con su erudición. En Lecciones de los maestros nos mostró el sadomasoquismo que rige las relaciones de los genios con sus alumnos. El George Steiner en The New Yorker nos enseñó las obras de varios protagonistas de la historia del pensamiento. Pero ahora, con Los libros que nunca he escrito, nos demostró que también sabe pensar con pasión, que no es solamente un erudito. Es por esto que ya no lo llamo Monsieur Steiner. Ahora, cuando leo sus libros o cuando voy por la calle rumiando una frase suya, le digo: Mira, George…