La vida empezó con una bacteria, criatura unicelular, y es muy probable que esa bacteria siga viva hoy, 3.800 millones de años después, porque ellas son inmortales. Se reproducen dividiéndose en dos partes idénticas y no mueren nunca de manera natural. Podemos matarlas de manera química, con un bactericida, o por medios mecánicos.
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La inmortalidad es una cosa tan vieja como las bacterias. Lo nuevo es la muerte. Empezó con las criaturas pluricelulares, que son mucho más frágiles porque su existencia depende de la articulación de los procesos vitales que tienen lugar en los órganos y en los tejidos.
Matar pluricelulares es mucho más sencillo y su muerte natural es un suceso corriente. Es decir, no es un suceso.
La vida multicelular empieza con una historia lírica. Una noche dos bacterias, atraídas quizá por la fuerza de gravedad del amor, formaron la primera criatura unicelular compuesta. Mil millones de años después varios unicelulares se fundieron en un organismo multicelular, un pite capaz de organizar sus células en tejidos y los tejidos en órganos, y bifurcarse en géneros: el macho y la hembra. Los suspiros, los jadeos, las grandes pasiones, las pequeñas mezquindades y los secretos heroísmos del amor tuvieron allí su origen.
Con la aparición de las criaturas multicelulares por la fuerza del amor nace la muerte, esa cosa letal, como el amor.
Nuestros abuelos homínidos morían con una facilidad pasmosa. Eran mortales, por supuesto, pero también eran, como los gatos y los pájaros, seres inmortales. No sabían que sabían y mucho menos que un día iban a morir.
Pero algo pasó hace 100.000 años. Ya éramos animales erectos porque nos habíamos empinado, quizá para oliscar las estrellas. Ya teníamos un lenguaje articulado porque nuestros gruñidos se habían diferenciado en matices, afilado en silbos y elevado en plegarias y canciones.
La suma de estos sucesos fue demasiado. Nadie posee de manera impune tres dones tremendos: amor, estrellas y palabras. Entonces se produjo un estremecimiento en nuestro sistema nervioso y el cerebro, que había sido hasta entonces una máquina fría, precisa y fea, produjo el poema más alto de la materia, la conciencia.
Entonces cavamos las primeras tumbas, lloramos de una manera nueva y muy triste y fuimos para siempre mortales.
Los vestigios de tumbas más antiguos se han encontrado en lo que ahora es Israel, tienen unos 90.000 años y son considerados la prueba definitiva de que habíamos perdido la inocencia animal y empezábamos a ser esa criatura maravillosa y enferma, capaz de imaginarlo todo e incluso de crear o descubrir dioses, de adorarlos e injuriarlos.
La invención de la muerte fue un acontecimiento definitivo. El Acontecimiento. Poco después estábamos haciendo arte sublime y moderno sin pasar por el boceto (Chesterton ve aquí la refutación de la evolución: el Homo sapiens no hizo matachos nunca. Armó isopos con yerbas y raíces, tomó carbones negros, preparó jugos verdes y tierras rojas, y trazó figuras mágicas perfectas en las paredes ocres de las cuevas, afirma el policiaco inglés, quizá la inteligencia más preclara de la cristiandad).
Fue grandioso, claro. Hacía mucho tiempo que éramos tecnólogos (la palanca, armas de piedra); ya teníamos las palabras, esa potencia capaz de cifrar el universo; ya los brujos lo cubrían con velos de misterio. Pero ahora podíamos conjurarlo, celebrarlo o maldecirlo con las imágenes del arte.
Es casi seguro que sin la muerte no habríamos hecho nunca filosofía.
La muerte nos salvará un día de la imprudencia de haber nacido (la sentencia es de Cioran) y de la angustia de ser un animal anómalo, esa criatura que se siente estrecha en la tierra y el cielo le queda muy alto.