Está en librerías La letra, el número y la cosa, mi primer libro de ensayos largos sobre ciencia y humanidades. Su historia es más o menos así.
En los últimos días de mi infancia ocurrió un suceso que me marcó para siempre: en un quiosco de revistas hojeé un ejemplar de la revista Scientific American y encontré el dibujo a plumilla de un escarabajo que empujaba con sus tenazas un guijarro mucho más alto que él. Sobre su cuerpo, un diagrama de flechas explicaba cómo hacía el bicho para empujar semejante roca aprovechando las ventajas mecánicas de la palanca.
Sé que esto ocurrió al final de mi infancia porque fue luego de la primera Navidad en que el Niño Dios me trajo ropa en lugar de juguetes (ay, el humor de los dioses…).
Y recuerdo perfectamente la ilustración por varias razones: por el contraste entre las curvas del animal y las frías rectas de los vectores; por la revelación de descubrir que los escarabajos podían ser tan inteligentes como Arquímedes, y sobre todo porque no pude comprar la revista, que era carísima para el niño de una viuda que apenas había podido regalarme dos cosas, los números y las letras. Mamá era modista, vivíamos de la costura y de milagro.
Años después empecé a escribir ensayos de divulgación, y solo luego de muchas páginas entendí que fue en ese quiosco donde descubrí que el arte y la ciencia podían superponerse.
A la crítica literaria, en cambio, llegué de manera consciente, como en Filosofía de la composición de Poe, digamos. Yo quería ser escritor porque la palabra sonaba muy bien, distinguida, pero no quería estudiar Literatura en la universidad; en parte, porque acababan de echarme de una facultad de Ingeniería y también porque consideraba ridículo ser “licenciado” en nada y mucho menos en Literatura. Como ven, ya me tomaba en serio las palabras.
La alternativa era estudiar por mi cuenta, y así lo hice: la Gramática de Andrés Bello, la Poética de Aristóteles, los ensayos de Wilde y los prólogos de Borges e incluso manuales escolásticos de preceptiva literaria.
Hoy comprendo que he dedicado mi vida a la divulgación y a la crítica; no a la ciencia ni a las artes, no a “la cosa en sí” sino a dar vueltas en torno a la cosa.
Con todo, La letra, el número y la cosa es ambicioso: trata de literatura, ciencias y humanidades, y quiere agarrar las cosas con pinzas finas, los números y las letras, pero sin mucho rigor, una severidad que está reñida con el espíritu del ensayo literario. En cambio, el libro es rico en conjeturas, la piedra de toque del género.
Los narradores imaginan, el poeta delira, el ensayista especula.
Nadie puede escribir ensayos a fuerza de investigación, como nadie puede cantar poemas a golpes de diccionario. Solo podemos hacer ensayos legibles sobre asuntos que hayamos pensado y sentido hondamente. Largamente. El ensayo, la literatura toda, no es algo apenas racional.
Estos ensayos tienen varias primicias: el papel del huevo en la invención del lenguaje, la historia del color (en especial del rojo y el azul), la prueba final de la demencia de la divinidad del Antiguo Testamento (“La Torre de Babel”), la influencia inédita de Pitágoras en Platón, una reflexión sobre el número, la fractura de la lógica en el relato (“La órbita K”), el nexo entre “El brujo y el poeta”, un padrenuestro laico (“La estrella y la plegaria”) y otras cosas que ignoro pero me apasionan tanto que no resistí la tentación de “ensayarlas”.
No me atrevo a evaluar estas páginas, pero juro que fue un esfuerzo feliz y casi honrado (nadie está libre del demonio del plagio). Ojalá el lector encuentre en ellas siquiera el rescoldo de esa felicidad.