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La mente, sus mañas y el ensayo

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Julio César Londoño
27 de junio de 2009 - 02:59 a. m.
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HACE DOS AÑOS, EN EL CURSO DE UNA conferencia, un señor del auditorio me preguntó cuál era “la cualidad más sublime del ensayo”.

La palabra sublime no me dijo nada, es un adjetivo demasiado raído, y contesté cualquier cosa para salir del paso. Sólo mucho después comprendí que era una pregunta buenísima. La pregunta. (Tal vez por eso dicen que el indio acata a los tres días). Pero la culpa no fue sólo mía. Si el señor hubiera usado un adjetivo más tranquilo, menos pretencioso, si hubiera sacrificado la grandilocuencia por la precisión, si no hubiera introducido ese ruido se habría hecho entender mejor. Por ejemplo: “Además de los requisitos conocidos: precisión, erudición, síntesis, contrastes, toma de posición, ¿cuál es la cualidad clave de un buen ensayista?”.

Hoy tengo al fin la respuesta y le ruego, señor, que disculpe la tardanza: la cualidad más preciada en un ensayista es su capacidad especulativa. Trataré de explicarme. El cerebro opera de tres maneras diferentes, es decir, hace tres clases de inferencias: las lógicas, las intuitivas y las especulativas. Las inferencias lógicas son rigurosas y casi incuestionables. Un ejemplo clásico es el siguiente: si a = y b = c, entonces a = c. Son razonamientos sólidos y elegantes pero un tanto previsibles, y provienen más del estudio que de la inteligencia (lo que sea esto).

Las intuiciones son conclusiones cuyo proceso mental ignoramos. Llegamos a ellas por caminos oscuros, y no sabemos dar cuenta de sus razones. Las corazonadas, las supersticiones, las conjeturas y los prejuicios (una suerte de axiomas muy personales) son inferencias de esta clase. Quizá la intuición sea apenas la punta del iceberg, la conclusión de un silogismo tan racional como las deducciones, sólo que desconocemos sus premisas. A lo mejor son pensamientos hechos y derechos pero incubados en la trastienda siempre oscura y a ratos genial que llamamos inconsciente, esa entidad que puede ser la cuna de nuestras mejores ideas y a la que podemos imputarle la responsabilidad de todas nuestras guachadas. Es posible que la intuición tenga línea directa con el azar, el concepto que hemos inventado para resumir nuestra perplejidad ante sucesos cuya cadena de causalidad desconocemos.

A mitad de camino entre los razonamientos lógicos, tan previsibles, y la intuición, tan lunática, está la especulación, una forma de razonamiento más cercana a la inteligencia que a la erudición, al acertijo que al pronóstico, y sin embargo respetuosa de la lógica —o mejor, fundadora de su propia lógica—.

Para explicar por qué la mayoría de las personas son diestras, demos por caso, una persona de razonamiento deductivo nos dirá que, aunque estamos trocados (el hemisferio izquierdo controla la motricidad del lado derecho del cuerpo, y viceversa), somos diestros porque hay una ligera predominancia del hemisferio izquierdo en el control de las funciones motrices de las manos. El intuitivo dirá que él cree que la especie fue zurda una vez pero no sabrá explicar cuándo ni por qué se nos invirtió la polaridad. Una inteligencia especulativa, como la de mi amigo Iván Almario, dirá: “Somos diestros porque así es más corto el camino que debe recorrer el puñal hasta el corazón del enemigo”.

Y claro, un ensayista que domine este tipo de inferencias llega más rápido al corazón del lector.

Resumiendo, estas son las cualidades que debe reunir un ensayista: precisión, claridad, síntesis, contrastes y agudeza especulativa. Con esto, y un tris de ayuda exterior, porque nadie es tan autosuficiente como para prescindir del soplo de los ángeles del estilo, el ensayo estará a punto, querido señor.

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