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La mirada oblicua de Luis Tejada

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Julio César Londoño
18 de julio de 2026 - 05:05 a. m.
“Luis Tejada no resolvió grandes enigmas: inventó enigmas pequeños”: Julio César Londoño
“Luis Tejada no resolvió grandes enigmas: inventó enigmas pequeños”: Julio César Londoño
Foto: El Espectador
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Hay escritores que enriquecen la literatura y escritores que modifican el mundo. Los primeros inventan personajes inolvidables, complican un género o descubren una música nueva para las viejas palabras. Los segundos hacen algo más raro: modifican nuestra manera de mirar las cosas. Después de leerlos, el mundo no es igual, queda «sesgado» para siempre. (Los científicos aceptan que la observación del sujeto puede modificar el objeto).

El antioqueño Luis Tejada pertenece a esta segunda estirpe. Su caso es singular. No escribió una gran novela, ni un poema definitivo, ni un tratado filosófico, solo decenas de ensayos breves que dejaron una huella delicada en nuestra literatura. No resolvió grandes enigmas: inventó enigmas pequeños. Mientras los filósofos discutían la existencia, el tiempo o la verdad, él sospechó que una corbata, una bala, un paraguas, un gato o una cola inexistente merecían igual atención. Cambió el objeto del asombro.

Se habla con frecuencia del estilo de Tejada, de su ironía, de su afición al socialismo, al periodismo y al suicidio (se mató a los 26). Todo esto es cierto, pero también secundario. El centro de su obra no es la política ni el periodismo. Es una manera de pensar y una ternura al escribir. Los grandes ensayistas no descubren objetos nuevos; descubren puntos de vista originales, como advirtió Jaime Alberto Vélez, otro paisa sutil.

Mendel no descubrió las arvejas ni Darwin el pájaro pinzón ni Freud los sueños. Los tres hicieron algo más difícil: comprendieron que las criaturas y los fenómenos obedecían leyes generales. Tejada realizó una operación semejante en un territorio distinto: inventó (o descubrió) una psicología de los objetos inertes, una especie de animismo moderno escrito con un estilo que combina el arte de la prosa con el juego, el humor y la ternura. Descubrió que bastaba cambiar unos pocos grados el ángulo de observación para que una corbata deje de ser un adminículo y alcance una voluntad sinuosa y escurridiza; para que una bala revele una obstinación asesina y casi biológica; para comprender que la pérdida de la cola fue un golpe muy duro para nuestro equilibrio físico y espiritual y para nuestra elegancia motriz. En suma, para la felicidad del homo sapiens.

Como mencioné «la prosa» de Tejada, transcribo aquí tres fragmentos para que el asunto no quede en el aire.

«… y de pronto me asalta la idea de que mi corbata adquiera un alma independiente y se constituya en un organismo intrínseco, con vida animal propia, autónoma. Esa vieja tira de seda se alarga y se pule, se hace dúctil con el tiempo y con el uso; el contacto continuo con el hombre la ha espiritualizado, le insufló alma y calor».

Otro fragmento. «El revólver, catapulta de bolsillo que lanza la bala leve, ágil, incisiva. La bala es la polilla de la humanidad; como un microbio tenaz, roe y pudre las entrañas de los hombres y convierte en polvo la carne. Gusanillo de hierro, devorador de cadáveres vivos, hermano de los gusanos de las tumbas, ejecutor de justicias, mensajero de rencores, caballero alado de la muerte».

Mi «crónica» favorita es La cola. «Un perro sin cola es el pequeño ser melancólico y chiflado por excelencia; ambulante y lleno de leves caprichos, parece que un eje secreto se ha roto en él, que falta a su vida una dirección precisa y ordenada, que su existencia ya no tiene razón de ser porque ha perdido su norte y su balancín. No me extrañaría que ese perro se hiciera misántropo o que empezara a elucubrar teorías metafísicas y a preguntarse qué puede haber más allá de la vida y cuál es el principio y el fin de las cosas. Claro: el infeliz ha perdido el sentido del equilibrio intelectual, se ha desorbitado, es casi un hombre».

Tejada no utilizó su agudeza conjetural para inventar exotismos sino para descubrir que la realidad es más exótica de lo que aparenta. Vio un organismo donde todos vemos una corbata, vio una filosofía donde todos vemos un gato, y descubrió que la amputación de la cola a nuestro abuelo primate fue el error fatal de la evolución.

El signo clave de su obra es la extrañeza. Él mismo andaba tan despistado que llamó crónicas a sus ensayos, y así se quedaron, «Las crónicas de Tejada». Claro que no era fácil colgarles una etiqueta seria, «ensayo», a esos delirios verbales que nos recuerdan textos tan refractarios a la clasificación como el Odradek de Kafka o la Teoría de las puertas de Luis Vidales.

Era tan animista como el Melquiades de Gabo o el Spinoza que pulió lentes y herejías, y nos dejó una suerte de «metafísica de las cosas», pero no pudo evitar el asunto central del arte y la literatura, el alma humana. Tomaba un objeto cualquiera, lo ponía bajo el microscopio, descubría en ese espejo minúsculo un resorte oculto de la condición humana… y «ensayaba», es decir, pensaba en voz alta ante el lector.

* El lector interesado en Tejada puede consultar la espléndida biografía seriada que escribió John Galán Casanova en sus columnas de El Espectador, y la edición 321 de la revista de la Universidad de Antioquia, un número monográfico.

** Lea el texto completo de esta columna en la edición digital.

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