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Dicen los manuales que la literatura moderna empieza en el siglo XIX, entendiendo por "literatura" esa manera de escribir que les cuesta tanto a Ángela Becerra y a Otto Morales, y por "moderna" una fractura en la realidad mucho más sutil que la fractura fantástica (la Biblia, Poe, Pedro Páramo); me refiero a esa mirada irónica y retorcida que produjo lo que llamamos la literatura del absurdo.
Para algunos, Chejov es el primer moderno. Supongo que lo toman como hito porque sus cuentos no cuentan nada. Con una audacia francamente moderna, el ruso empezó suprimiendo el principio y el final de los cuentos, y terminó, cirujano frenético, amputando también la parte del medio. El resultado fue la pureza de la nada o, como diría un zafio, una suerte de chorizo sin tripa y sin relleno.
La verdad es que en ese siglo todo se modernizó: Poe introdujo la ciencia en la literatura e hizo del cuento una máquina matemática del horror (aún romántica pero ya máquina); Baudelaire y su pandilla descubrieron el ángulo bello de lo horrible y metieron carroñas en los impolutos salones de la poesía; la literatura alcanzó estatus de campo sociológico: los escritores son considerados un gremio, se consolida el mercado editorial, empieza la era de los grandes tirajes y los periódicos publican novelas por entregas; por esto es que muchos consideran que la “literatura” es un oficio, y una palabra, de apenas dos siglos.
También son del XIX dos cuentos modernísimos: Wakefield, de Nathaniel Hawthorne, y Bartleby el escribiente, de Herman Melville. El primero es la historia de un señor que se va un día de la casa y se instala a la vuelta durante veinte años, sin plan ni motivo alguno, hasta la noche que decide regresar como si nada, sin mediar explicación a su envejecida esposa. Algo que no era el tiempo lo había cambiado. “Su rostro que antes era vulgar, ahora es extraordinario”. El segundo nos muestra a un secretario de una oficina de abogados que decide un día no trabajar más, sin dar razón alguna, y se queda a vivir en la oficina.
Ambos cuentos son anteriores a la obra de Chejov. Con ninguno pasó nada, literariamente hablando. La crítica los ignoró o los consideró ejercicios fallidos. Hubo que esperar hasta Kafka para que pudiéramos digerir ese tipo de historias, para que entendiéramos estas poéticas, la sintaxis de lo ilógico. Por esto es que Borges se atrevió a afirmar, en un artículo dedicado a Nathaniel Hawthorne, que un hombre puede modificar el pasado: “Wakefield prefigura a Kafka, pero éste modifica y afina la lectura de Wakefield”.
Gracias al magisterio de Kafka, cuando Patrick Süskind publicó las novelas La paloma y El contrabajo el mundo las leyó sin sobresalto, como si obedecieran a una preceptiva ortodoxa (a propósito, ¿qué se hizo Süskind?). Para entonces ya el absurdo nos resultaba familiar, quizá la mejor traducción de nuestros miedos y ansiedades.
Todos los autores citados (también Beckett, Ionesco, Arreola) pertenecen a la órbita K. En sus obras se siente la gravitación de las pesadillas del checo. Allí están la reiteración de las postergaciones, la excentricidad de los comportamientos y la parodia de las fisuras de los engranajes judiciales.
Aunque escrita a principios del siglo pasado, la obra de Kafka conserva plena vigencia; no envejece, como el jazz; sigue marcando una ruptura clave en la lógica del relato; es una cifra perfecta de los laberintos burocráticos y una fabulación ácida de las dudas éticas, de las zozobras psicológicas y de las perplejidades teológicas que acosan al hombre moderno, y no sería raro que siga pareciendo contemporánea dentro de cien años.
