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15 May 2021 - 3:00 a. m.

La «primera línea» y las otras cuatro

Los manifestantes del paro se dividen en dos grupos: los «civiles», digamos, y los «guerreros». Los «civiles» marchan, debaten, informan y hacen resistencia simbólica: cantan, bailan, escriben, derriban estatuas. Los «guerreros» se dividen en «Líneas». La L1 es defensiva y poética: sus «escuderos» protegen a los «civiles» y a las otras líneas. Sus escudos son antenas de televisión, señales de tránsito, escudos remendados del Esmad, souvenir de algún combate glorioso. La L2 es la línea de choque: blanden garrotes y lanzan piedras y explosivos caseros y relanzan cilindros lacrimógenos, o los sofocan. Las armas de fuego están prohibidas: no conviene luchar en este desventajoso terreno. Los «ingenieros» de la L3 construyen las barricadas y hacen maniobras de distracción con punteros láser para cubrir los ataques de la L2. La L4 está compuesta por médicos y enfermeros de todos los estratos sociales. La L5 es alquimista: suministra las «máscaras antigases» (pañuelos entrapados de vinagre) y bolsas de leche, o una solución de agua con bicarbonato, para evitar las quemaduras de los gases. También son estrategas en caliente que dan instrucciones y lanzan gritos de batalla.

En las marchas, hay «guerreros» encargados de evitar que se infiltren los «cólicos», amigos de lo ajeno y entusiastas del vandalismo. Esta labor la realizan en asocio con la policía, que colabora, sí, pero que también puede, en un rapto bipolar, hacer vandalismo encubierto.

El «comedor» y la «enfermería» están dentro de la zona protegida por las barricadas. Los insumos para el combate y los alimentos los suministra la comunidad del «punto de resistencia», pero también reciben apoyo de otros barrios, de manos de estudiantes y empleados que se han hecho amigos de los «guerreros» en las marchas, y de las madres de estos «civiles» que no ven al «guerrero» como un monstruo encapuchado sino como el hijo que no tuvo el privilegio del estudio ni la oportunidad de un trabajo.

En los estratos bajos y medios el apoyo al paro es incondicional. En los estratos altos hay señores, muy pocos por fortuna, que disparan sus fusiles sobre la turba desde los pisos altos de sus lujosos edificios, pero también señoras, quizá sus esposas, que les suministran, a escondidas, alimentos a los «guerreros».

Muchos «civiles» acuden a los «comedores» en busca de un plato de comida. Hay «guerreros» que solo ahora están comiendo tres veces al día. Algunos no consumen toda su ración y guardan una parte para llevar alimento a casa.

No hay jerarquías en la estructura de las líneas, pero sí líderes que comandan las operaciones porque fueron bomberos, soldados, agentes de seguridad privada, estudiantes del SENA o de las cajas de compensación.

La sorpresa: todos estos muchachos tienen formación política. Unos pocos la adquirieron en los libros; los demás cursaron tres materias duras: el hambre, la injusticia y la exclusión.

En Cali, el paro ha generado incomodidades y desabastecimiento. En Colombia tumbó un ministro y una reforma y tiene otra tambaleando, puso sobre la mesa discusiones cruciales, construyó puentes de solidaridad, mostró las agudas carencias de la clase baja, la precariedad de la clase media, la mezquindad de un sector de la clase alta, la cobarde complicidad de las autoridades civiles con los abusos de la policía y, caso aberrante, con los traquetos que organizaron un safari contra la minga indígena en Cali la tarde del domingo.

Y algo que nadie calculó: el paro le arrancó el delgado barniz demócrata a esta dictadura de pacotilla y exhibió ante el mundo su verdadera faz: una facción corrupta, inepta, indolente y sanguinaria.

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