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6 Nov 2021 - 5:30 a. m.

La química y el islam

La química y el islam

La química árabe extiende sus raíces por toda la historia y la cultura islámica. Sus dos ramas más fecundas son la alfarería y la metalurgia, o “artes del fuego” como las llaman los historiadores. Los metalúrgicos trabajaban para los agricultores y los guerreros: venenos, espadas, alfanjes, pólvora, arados, herbicidas. Los alfareros moldeaban vasijas en cerámica, vidrio o terracota; hacían pigmentos para las vasijas, los cosméticos y la industria textil, y jabones, perfumes, alcoholes, aceites y ungüentos para el mercado.

Los sufíes, la secta más sofisticada del islam, afirman que la “transmutación” era solo una metáfora metálica para indicar que el hombre debe convertir su naturaleza, vulgar y gris como el plomo, en algo tan brillante e incorruptible como el oro.

Entre las alquimistas de los tiempos preislámicos se destacan Cleopatra, una joven experta en forja, vitrales, venenos y generales romanos, y María la Judía, pionera de la destilación de aceites y alcoholes en alambiques de terracota. El “baño maría” de los cocineros y los metalúrgicos recuerda su nombre.

La química islámica medieval operaba sobre tres minerales básicos: azufre, arsénico y antimonio. El lapislázuli de Afganistán era un pigmento utilizado solo por pintores y arquitectos muy ricos, y una piedra mágica que pocos médicos poseían.

Recordemos que el Bajo Medioevo fue un tiempo de traslapes: el astrónomo aún hace horóscopos; la noche de la geomancia se funde con la mañana de la mineralogía; del hornillo del alquimista emanan los primeros vapores de la química; la nigromancia estudia los espejos y los imanes; los herméticos y los cabalistas son matemáticos. “Es imposible separar aquí lo esotérico de lo científico”, dice George Steiner.

El petróleo era combustible de lámparas, ungüento contra la sarna y brea para calafatear navíos, impermeabilizar terrazas, embalsamar momias o incendiar aldeas.

Son derivaciones del árabe las palabras nafta, alambique, atanor, amalgama, alcohol y álcali.

Buena parte de las herramientas de los talleres medievales de Eurasia eran islámicas: fuelles, crisoles, cucharones, tenazas, cizallas, martillos, moldes, filtros, embudos.

El vidrio no es una creación islámica. El vidrio natural (la obsidiana de origen volcánico) ya era utilizado por muchas civilizaciones, entre ellas la azteca, y hay registros de vidrio sintético en mastabas egipcias del 3000 a. C., pero las gafas italianas del siglo XIII son islámicas sin duda alguna.

Los químicos árabes trabajaban con siete metales (el mismo número de los planetas y cifra hermética por excelencia): oro, plata, estaño, cobre, hierro, mercurio y plomo.

Los más esotéricos trabajaban con fibras y resinas vegetales y fluidos animales: la orina, la sangre, los aceites, los alcoholes y un derivado suyo, el vinagre. Hacían glicerina a partir del aceite de oliva, y aceites médicos macerando vegetales: agua de rosas, flores de naranjo, plantas aromáticas, semillas de algodón, de mostaza, hueso de durazno.

Quizá de origen chino (como todo), el papel ya se conocía en Persia antes del advenimiento del islam. Las primeras fábricas de papel islámicas se construyeron en Samarcanda y Bagdad a finales siglo VIII. Hacían tinta indeleble con partículas finas de carbón, sulfato ferroso y goma arábiga extraída de la acacia (o clara de huevo).

Sin la influencia árabe, refinada y estudiosa, el Medioevo europeo habría sido más primitivo. Por eso no resulta muy exagerada la vieja puya árabe: “Si no llegamos nosotros, los europeos seguirían colgados de los árboles”.

Fuente: “Historia de la ciencia en los países del islam”, Ahmed Djebbar.

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